sábado, febrero 19, 2011

Docencia ¡vocación y profesión! (Florencia)

“Nunca te quejes del ambiente o de los que te rodean, hay quienes en tu mismo ambiente supieron vencer, las circunstancias son buenas o malas según la voluntad o fortaleza de tu corazón.”
Pablo Neruda.

La vocación se define como la inclinación que tiene una persona hacia alguna profesión o estudio, que exige condiciones y aptitudes especiales, incluso se afirma que determina los rasgos que dicha persona posee.
Toda profesión exige que quien pretenda desempeñarla tenga ciertas características que le permitan desarrollar con la mayor eficacia posible las actividades que forman parte de ella, y por otro lado, poseer ciertas habilidades para solucionar los problemas que pudieran presentársele.
El docente es aquel que enseña o que es relativo a la enseñanza. La palabra docente proviene del término latino docens, que significa enseñar.
La profesión docente es una de las más sensibles a los cambios sociales, políticos, culturales y tecnológicos de las sociedades. Asimismo, tiene el desafío permanente de contribuir con la formación de actores o sujetos sociales que sean capaces de emprender las trasformaciones que vive el mundo. Ante tales exigencias, la profesión docente puede verse en una dimensión justa y real que si bien tiene un alto reconocimiento, éste no significa que la educación es sólo responsabilidad del docente y por ello se piensa en fortalecer el valor formativo de otros actores: líderes comunitarios, políticos, religiosos, comunicadores sociales, etc. En este mismo sentido, quiero destacar la función pedagógica de la profesión docente, que parece diluirse en medio de tantos roles que le impone su ejercicio. En consecuencia, desde mi visión, nuestra profesión es una búsqueda, un encuentro y una construcción que se realiza de manera compartida, que abre espacios para la reflexión y para el diálogo permanente. Hablar de profesión docente nos lleva a reflexionar sobre todos aquellos docentes que ejercen con verdadera vocación, en una realidad en constante cambio y con una actualidad compleja y vertiginosa.
Al recrudecimiento de la pobreza, la incorporación de alumnos a la escuela media, cambios en los modelos familiares, el adelanto tecnológico y la degradación de la figura docente, el recurrente fracaso escolar, la naturalización de los procesos de discriminación social y segmentación estructural al interior del sistema educativo y la adversidad en las que funcionan las escuelas de sectores populares son algunas de las características de la realidad por la que transcurre esta profesión en los tiempos que corren, donde los docentes actúan como mediadores de la educación ciudadana. Y a todo ello considero sumamente importante la carga emocional que implica la docencia, y la consiguiente relación profesor – alumno. El vínculo pedagógico se nutre de la relación humana, se reconoce en el encuentro interpersonal. Donde la emoción es fundamento y condición de posibilidad de lo racional. Es un hecho que cuando no hay vocación el desempeño y el trabajo se dificultan, y los problemas parecen más grandes de lo que realmente son. Por eso la elección de una carrera docente no puede tomarse a la ligera. Haciendo un recorrido por la historia de la educación sabemos que después de siglos de dominio religioso, distintos pensadores comenzaron a inquietarse por cuestiones referidas al conocimiento y método. Como Descartes, Locke y Rousseau. Conforme el pensamiento de John Locke (1632-1704), quien más que un empirista es un moralista, la pedagogía ocupa un lugar importante; otorgándole el autor a la conducta y a la ética más importancia que a la inteligencia y al conocimiento. Señala el filósofo que el objetivo del educador no es la enseñanza de ciertos contenidos, sino que éste debe priorizar la virtud, la formación del carácter y las buenas maneras. Hace también una distinción entre educación e instrucción, entendiendo que el aprendizaje debe dirigirse hacia la vida, no hacia la escuela; por ello rechaza la educación pública, pues no sirve para tal fin. Sin dejar de reconocer su importancia, afirma que la instrucción no puede reemplazar a la educación. Elabora asimismo, un orden de complejidad para adquirir habilidades y conocimientos: se debe enseñar a leer luego que el niño haya aprendido a hablar, inspirándoles el deseo de aprender presentándoles la instrucción como algo agradable, transformando así el estudio en juego. Con el positivismo (“orden y progreso”), con Comte, como principal exponente, el objetivo será la universalización de la escuela, sin exclusiones. Los destinatarios serán todos los individuos, incluyendo la clase proletaria.
Llegamos así al pensamiento de John Dewey (1859-1952), uno de los filósofos contemporáneos que mayor importancia ha dado a la educación, cuyo empirismo fue un intento de dar cuenta de las necesidades prácticas del hombre. Sin prescindir de la filosofía de la educación, puso de manifiesto la estrecha y necesaria relación que existe entre la teoría y la práctica de las cosas. Por su parte, en el ámbito nacional, un análisis sobre el pensamiento pedagógico, nos lleva a resaltar la influencia positivista en los orígenes del sistema educativo (1860 – 1900). Desde muy temprano quedaron planteadas las diferentes alternativas posibles: directivismo, espontaneismo e institucionalización del vínculo de aprendizaje en el proceso de socialización. El sistema educativo tradicional estaba concebido como un sistema de distribución social del conocimiento, según el cual la masa global de la población tenía acceso sólo a un mínimo de enseñanza básica que garantizaba la homogeneidad cultural y una elite accedía a las expresiones más elaboradas. Su tarea prioritaria era formar al ciudadano con un alto nivel de disciplinamiento; sin embargo, con el avance positivista este panorama cambió.
El núcleo central de pedagogos positivistas se movió en estrecha articulación con los establecimientos de formación de maestros por un lado, y con instancias escolares por otro. Estableciendo un grado de correspondencia entre teoría educativa, formación docente y prácticas pedagógicas aplicadas en el aula, permitió un nivel de eficacia satisfactorio. La propuesta didáctica del positivismo tendía a garantizar el progreso individual a través de estrategias que movilizaran las capacidades naturales individuales. Por ejemplo, Carlos Vergara (1859–1929) otorgaba valor educativo a la acción, afirmando que educar es estimular la acción y permitir su desarrollo. Dewey, con mucha más precisión conceptual, otorgaba a la experiencia dos aspectos: uno activo, experimento, y otro pasivo, sufrimiento; en consecuencia, la experiencia será acción y padecimiento. Si la educación ha de ser de, por y para la experiencia, el aprendizaje y la enseñanza efectivos sólo se lograrán a través de la acción directa, puesto que la acción en tanto fuerza en movimiento, resulta la agente de la experiencia. Resulta relevante el papel del método y del programa escolar, como así también capacitar al educador para que logre interpretar y valorar los elementos significativos en el progreso o retroceso educativo Posteriormente, en el contexto cultural del nuevo capitalismo, donde no hay idea de continuidad histórica, la incertidumbre donde el individuo está permanentemente obligado a elegir frente a múltiples opciones, la función de la escuela y de los docentes consiste en la formación de un núcleo estable que permita enfrentar los cambios permanentes a los cuales nos somete la producción cultural. La oferta de los medios de comunicación supone que los usuarios tengan categorías y capacidades de observación, de clasificación, y de comparación, necesarias para procesar e interpretar el enorme caudal de datos que se encuentran a nuestra disposición. Se podrían plantear dos pilares de la educación del siglo XXI, como lo menciona Juan Carlos Tedesco, “aprender a aprender y aprender a vivir juntos”. Ello supone introducir en la escuela el desarrollo de experiencias que no se producen naturalmente sobre la vida externa. Aprender a aprender implica un esfuerzo de reflexión sobre las propias experiencias de aprendizaje que no pueden desarrollarse sin una guía, sin un modelo, que sólo la actividad educativa organizada puede proporcionar. Aprender a vivir juntos, por su parte, implica vivir experiencias de contacto con lo diferente. Sin dudas los tiempos cambian, a veces no se si para bien o para mal. La celebración del Día del Maestro me retrotrajo a la adolescencia y a la influencia en la que muchos “profesores” marcaron mi vida. Recuerdo el respeto que sentía por aquella docente, temblaba ante la idea que tomara prueba y no supiera, por haberme quedad jugando en casa. Si venía una mala nota, la que sufría el castigo era yo. No tengo recuerdo de algún episodio en que mis padres hayan ido a increpar al docente por haberme reprobado injustamente, como pasa hoy. Pero aquella profesora de historia tenía algo diferente, no sólo iba por un salario, sino que transmitía entusiasmo. Todo lo salpicaba con una cuota de humor y simpatía. Lo que quiero resaltar con esto es el vínculo que se produce entre alumno y profesor, a través del conocimiento, cuando quien enseña lo hace con pasión, vocación y sabe contagiar su entusiasmo. Educar no sólo es transmitir conocimientos, es enseñar una cosmovisión de la vida y del mundo, es ayudar a abrir los ojos para saber mirar, es transmitir valores y convicciones. Por eso me parece espectacular haber tenido la dicha de aprender de verdaderos maestros, de los que me sentí discípulo, a quienes admiré y a quienes cansé a preguntas, porque cada respuesta suya me abría a nuevos desafíos y a nuevas inquietudes. ¿Y qué pasa con los alumnos? Se puede estudiar para zafar, como dicen los chicos. Pero, como con todas las cosas arduas en la vida, si uno se esfuerza, alcanza algo inesperado. Si existe placer en gozar de los bienes materiales, existe también un placer intelectual: el del conocimiento, y su búsqueda es "la verdad". Las nuevas tecnologías podrán dar millones de datos, pero sólo el esfuerzo por saber y alcanzar la verdad podrá hacer aprovechar lo que sabe un "maestro". En el maestro verdadero encontraremos la cercanía y la confianza que nacen del amor, porque todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo. Sólo así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico. Sería muy pobre una educación que se limitara a dar información dejando de lado la pregunta acerca de la verdad, de aquella verdad que puede guiar la vida.
La actualidad nos pone a prueba, día a día nos enfrentamos con distintas dificultades en el ejercicio de nuestra profesión, pero si realmente lo hacemos con vocación y dedicación podemos seguir apostando, siguiendo el planteo de Dewey, a presentar un ambiente en el cual a través de su interacción se efectué la adquisición de aquellos significados importantes, instrumentos de aprendizaje ulterior. El método debe ser un elemento que haga eficaz la organización de la materia de estudio. Sabemos que debemos seguir los lineamientos de las políticas educativas de turno, pero siempre es posible organizar las clases de forma tal que podamos incluir las diferencias y sacar beneficios de ello. El perfil del alumno ha ido mutando vertiginosamente, y el universo de los docentes también ha ido incorporando más matices. Los especialistas coinciden en que son múltiples las dificultades que encierra el sistema actual: debilidad de la formación de los docentes, sobredimensionamiento de la oferta de formación docente, mercantilización del sistema de capacitación y falta de contacto con la realidad que se vive en las aulas de los distintos distritos, entre otras. En la docencia como en otras carreras existen muchos profesionales que eligieron este camino por priorizar una rápida salida laboral, pero que sin embargo, no tienen conciencia de la importancia de su formación, de transmitir algo más que conocimientos, del vínculo profesor–alumno, del entusiasmo, la actualización en métodos y estrategias de enseñanza, que son de gran influencia en sus alumnos, dejando huellas. Como exponía en el relato de mi experiencia personal, esa “profe” marco un período de mi formación, me hizo abrir los ojos frente a la realidad, permitiéndome reflexionar, indagar y cuestionar todo lo trabajado, como así también, instaurar eso en mi. Ella es un claro ejemplo de alguien que ejerce su profesión con vocación. Asimismo, hubo otros que solo pasaron por mi período de formación sin dejar rastro alguno. ¿Será que el agotamiento hace que se vaya perdiendo la pasión con la que se enseña? ¿Que la compleja realidad opaca las ganas con las que se va a enseñar? ¿Qué las circunstancias actuales del sistema nos obligan a ejercer de determina forma? ¿Las políticas públicas harán que se pierda el compromiso, el respeto y la dedicación de los docentes? ¿A los futuros docentes los avasallará la realidad del aula y los dichos de los profesores con más experiencia instaurando el miedo a no poder?
Estos son sólo algunos de los tantos interrogantes que se pueden plantear, dejando totalmente abierta la indagación y la reflexión para seguir avanzando en nuestra formación constante, recordando nuestra experiencia y actuando sobre la realidad. Es importante subrayar que el trabajo docente es mucho más que un listado de actividades que cada uno cuenta y realiza con mejores o peores resultados, es también, un conjunto de relaciones: con otros, con el conocimiento, con otras organizaciones e instituciones, etc. que revelan conflictos, controversias y disputas, tornándonos docentes críticos a partir del análisis de nuestro diario actuar en el escenario educativo.

La profesión docente y sus exigencias (Lorena)

¿A qué hacemos referencia cuando hablamos de profesión docente? ¿Qué tipo de formación contribuye a fortalecer la profesionalización? ¿Cuáles son las exigencias del medio ante esta última? Para comenzar, es pertinente denotar que podemos hablar de profesión docente al menos en dos sentidos. En un primer sentido, podríamos decir que la profesionalización docente implica desarrollar aptitudes necesarias para desempeñar la actividad docente. En un segundo sentido, se podría aludir a la potenciación de los niveles de responsabilidad y autonomía sobre la tarea. Ahora bien, al hacer referencia al tipo de formación que contribuye a fortalecer la profesionalización docente, podríamos preguntarnos si el intentar utilizar las mismas características de la formación de otras profesiones contribuiría a ello. De esta manera, también estaríamos interrogándonos acerca del diseño de trayectos formativos acorde a los requerimientos específicos que plantea la realidad actual. En el discurso el docente es un profesional que se encuentra al nivel de otros profesionales, esto es, que se trata de un trabajo con énfasis intelectual, con reglas claras de funcionamiento, donde existen mecanismos claros de ingreso a la profesión y con un cuerpo de conocimientos propios. Sin embargo, la sociología de las profesiones establece otros elementos característicos de una profesión tales como: el tipo de formación inicial recibida; poseer elevado status; la existencia de un gremio profesional que se preocupe por el avance del corpus del conocimiento profesional; grado académico que habilite para el ejercicio de la ocupación; una determinada proporción entre saberes teóricos y prácticos y los niveles de autonomía-responsabilidad que el ejercicio de la profesión requiera. El tomar en cuenta estas condiciones, nos llevaría a reflexionar si la docencia es o no es una profesión. Y podríamos decir, que a partir de reformas en la formación, se lograría tender hacia los rasgos que atentarían contra su profesionalidad. Esto requeriría, entre otras cosa, una duración mayor de la carrera docente, incluyendo trayectos más complejos, con mayor profundización de aspectos disciplinarios. A su vez, esto aumentaría la jerarquía de la ocupación. Es usual que se tienda a pensar que la complejización de los trayectos formativos traiga aparejado mayor peso teórico en la formación. Este punto, pareciera sustentarse más en la jerarquización social que resulta de un tipo u otro de formación, que en el análisis de los requerimientos de la práctica laboral y la profesionalización docente. En efecto, la percepción pública es que los profesores pueden formarse por fuera de los programas formales. Además, tomando como base las teorías de las profesiones, en aquellas que tienen como objetivo provocar cambios en las personas no es beneficioso atribuir un valor excesivo a la utilización sistemática de un aparato teórico. La tarea docente es una tarea múltiple, que va más allá de la enseñanza, ya que está atravesada simultáneamente por múltiples dimensiones, lo que crea inmediatez y un alto grado de indeterminación e imprevisibilidad en la actividad. Además, conlleva una implicación personal y un posicionarse ético, ya que son muchos los valores que se ponen en juego en la práctica. Tomando en cuenta esto, muchos autores han señalado que el desarrollo de la capacidad profesional, es decir, el logro de las aptitudes que requiere la docencia, se debe postular una formación que habilite para la toma de decisiones permanentes, repentinas, autónomas y situadas. En este sentido, podemos identificar una tendencia que ritualiza o mejor dicho burocratiza el trabajo docente y surge de la vinculación que ésta tiene con los proyectos del Estado. En último término el docente actúa en función de un proyecto estatal-con independencia de que su contrato sea en una escuela pública o en una privada-. Esto es, no existe un ejercicio liberal de la profesión, sino que contrariamente, el docente recibe una serie de prescripciones sobre su desempeño. A modo de ejemplo se puede decir que debe cumplir con tiempo, horario, programas, asentar las calificaciones en determinadas actas, etc. Más allá de todo, lo más grave es cómo el docente ha internalizado el rol de empleado que debe cumplir con las obligaciones contractuales que tiene asignadas. El problema de fondo es que el sentido intelectual y profesional de su labor ha quedado marginado conllevando esto a que la dimensión profesional pareciera sólo reducirse a un discurso. Cabría pensar el hecho de que las profesiones cotidianamente son confrontadas con problemas de una complejidad tal que impide el prescribir anticipadamente una línea de conducta. Los profesionales, más que seguir una línea directiva, van detrás de objetivos basándose en una ética. Es por ello que tienen una inmensa libertad, que a su vez encierra una inmensa responsabilidad. Sostengo que para incrementar los niveles de responsabilidad y autonomía, es indispensable que la formación fortalezca la capacidad de decisión de los docentes en torno a problemas específicos de la práctica laboral. De esta manera, se evitaría responder a una responsabilidad sin la preparación o formación específica, acudiendo a instructivos o modelos de organización del trabajo elaborados por el gobierno o el mercado (por ejemplo: editoriales), y perdiendo autonomía en su trabajo. Una formación profesionalizante debería proveer al docente de saberes teóricos y prácticos en los que pueda basarse al tomar decisiones, que también puedan ser puestas en tensión para reflexionar sobre ellas. Esto implicaría el fortalecimiento de los esquemas de acción, para saber aplicar oportunamente los conocimientos. De esta manera, se contribuiría a reforzar la constitución del hábito profesional y la formación de profesionales reflexivos. Además, una formación profesionalizante debería abarcar un perfeccionamiento continuo, pero no con el objetivo de obtener un postítulo que le otorgue más jerarquía a la ocupación, sino con la idea de que la profesión se fortalece en el marco de la revisión permanente de la práctica. En la actualidad resulta aceptable referirse al trabajo docente como una profesión-y de hecho varios aspectos de su desempeño invitarían a que fuera considerada así- pero otros elementos nos invitar a formular dudas sobre el grado en el que esta actividad reúne las características que permitan considerarla como tal. Más cuando se fue estructurando un campo de la sociología abocado a estudiar las profesiones como grupo social. En este sentido cabe preguntarse hasta dónde la docencia cumple con los elementos que caracterizan a otras profesiones. Finalmente, y ciertamente esto se puede apoyar con más claridad en la llamada sociología del trabajo. Es necesario no banalizar el complejo problema de profesionalización docente y las reflexiones en torno al tema. Creo que las demandas de profesionalización que se demarcan para la formación docente, deben ser exclusivamente de la docente, sin comparación alguna con la formación de otras profesiones. Sostengo esto, porque considero que para la formación docente, se debe reconocer tanto la especificidad como la complejidad que encierra; el valor del saber del oficio, el saber hacer, la invención de lo cotidiano que implica la experiencia docente. Considero al profesor como educador social y como facilitador de las experiencias que permitan a los alumnos su autodesarrollo. Tanto el profesor como el alumno aprenden el uno del otro en un proceso de enseñanza-aprendizaje, y es por ello que la potenciación de la profesionalidad docente también influiría a plantear mejores aprendizajes en los alumnos. A modo de cierre, puedo decir que las demandas del mundo actual (los cambios sociales, los avances científicos y tecnológicos, entre otros) obligan a personas e instituciones a estar en permanente actualización. Los docentes no están ajenos a ésta realidad, es más, como formadores de las futuras generaciones deben hacer una proyección hacia el futuro para así poder guiar a sus alumnos hacia aprendizajes que les resulten útiles. Para lograr esto, se hace necesario una formación que les permita actuar como profesionales autónomos, críticos, acostumbrados a trabajar eficazmente con la diversidad, actualizados permanentemente, haciendo valer sus derechos e intentando cambios para optimizar la tarea. Los docentes deberían ajustar la formación profesional tomando en cuenta las características de la realidad social y ajustándose permanentemente a los cambios de la misma, y es por esto, que la formación también debe ser continua, ya que es vertiginosa al igual que la realidad. La búsqueda de una identidad profesional nueva, autónoma, independiente y libre es un camino hacia el cual debería encaminarse la cuestión.

Vocación, profesionalización docente y autonomía (Analía)

Al igual que muchos especialistas en educación, considero que el aprendizaje o –mejor dicho- la construcción del significado de ser docente comienza mucho antes de iniciar los estudios en el profesorado. Gran parte de nuestras vidas transcurre en instituciones educativas, al menos la escolarización básica que incluye nivel primario y secundario, es obligatoria. En cada palabra, en cada acto, en cada olvido u omisión el docente va expresando lo que para él constituye su ser docente, sus objetivos y expectativas; y los alumnos captan esos significados con mucha más rapidez de la que pueden imaginar los propios educadores. Pasamos horas siendo observadores privilegiados, receptores de demandas, respuestas y especulaciones de los maestros y advertimos con seguridad y suspicacia rasgos de su personalidad, su profesionalidad y su compromiso con la tarea de educar. Intento manifestar algunas de mis ideas sobre la tarea docente, tomando como base mi propia experiencia como estudiante, mí acotada practica como docente y algunos aportes de autores (investigadores, pedagogos y filósofos) sobre el tema. La intención de este ensayo es repensar y reconsiderar nuestras ideas acerca de: qué es ser docente, cuándo y cómo aprendemos a serlo y finalmente cuál es la responsabilidad de nuestro trabajo en las instituciones educativas –formales o informales- como formadores de ideas, opiniones y conciencias. La primera inquietud a la que quiero hacer referencia es si podemos hablar de una “vocación docente”. Muchos autores del área de la psicología advierten una diferenciación muy significativa entre vocación y profesión. La vocación pareciera estar asociada a algo innato en los sujetos, como una misión de absoluta entrega; quizás esta sea la razón por la que solemos asociar a la docencia inmediatamente con la vocación. Socialmente no se cuestiona la profesionalidad de un abogado, de un arquitecto, de un médico; ahora bien, cuando de maestros se trata, se hace referencia al compromiso, la bondad, la entrega, la generosidad, la amorosidad y pocas veces a la capacidad de planificar, tomar decisiones con cierta autonomía y concretar propósitos y objetivos. Cuantas películas, telenovelas, cuentos y hasta libros de pedagogía, representan al docente como un apóstol, un ser que nace con una vocación bien definida: educar a los demás, enseñar, transformar el mundo. Esta manera de personificar y sacralizar al maestro tiene una fuerte carga ideológica; ya que si el docente enseña por amor al prójimo, debe trabajar por amor al arte.
Otra de las cuestiones para analizar es que: pareciera que su rol se debe restringir a ser un transmisor de conocimientos, así el docente tiene una batería de métodos, estrategias y habilidades que le permiten enseñar –casi inocentemente- ciertos contenidos que domina a la perfección, pero que no ha creado. Este saber –que sobre todo en la enseñanza media y superior se acota a la especialización en una disciplina- es el que mediará el vínculo entre docente y alumnos. En cambio, cuando pensamos en la actividad de un profesional, damos por sentado que posee un alto grado de conocimientos sobre su disciplina que lo habilita a llevar a cabo su tarea con absoluta destreza y autonomía, con las que determina las reglas de su propio trabajo y en el camino crea y recrea su propio saber. Además la profesionalidad remite también a la capacidad de evaluar el propio trabajo, de sacar conclusiones y así poner en duda ideas previas; actividad que los docentes deben realizar constantemente. Hecha esta distinción del orden de los significados que le atribuimos a la profesión y a la vocación; podemos decir que no son términos contradictorios o dicotómicos; sino que se complementan. Muchos orientadores vocacionales aseguran que la vocación (que en latín vocatio significa llamado) es un proceso que se desarrolla a la largo de toda la vida del individuo (de esta manera no sería una cualidad innata) y que es el resultado de sus experiencias, en las que intervienen anhelos, deseos, expectativas, sueños, etc. y que la profesión –en el mejor de los casos- es la concreción y la elección de una carrera, conforme a la vocación y las motivaciones personales del sujeto. Emilio Tenti Fanfani1 menciona en uno de sus trabajos de investigación que “La docencia, como categoría social, tiene la edad del Estado nacional y el sistema escolar moderno. Ser maestro es una construcción social estatal.” A partir de esta idea el sociólogo analiza las luchas de poder y el entramado de intereses que se ponen en juego en la definición social del ser docente y en los cambios que ésta atraviesa cuando en la actualidad las funciones del Estado se desdibujan y la tarea del docente parece quedar a la deriva. No es lo mismo –aunque cotidianamente lo hagamos- hacer referencia a un pedagogo, un maestro/a, una señorita, un profesor/a, un coordinador o un docente. Ya que cada atributo responde a una forma de entender la tarea docente, de calificar su desempeño, su forma de actuar con los alumnos y el lugar que ocupará en el proceso de enseñanza. Conocido por todos es que en la actualidad muchas cuestiones se han modificado en el ámbito escolar: la función de la escuela hoy es fuertemente asistencialista, la selección de los contenidos y la estructuración del curriculum se ha adaptado a las demandas del mercado y con ello la tarea del docente ha mutado. Algunos –quizás los que poseen una mirada simplista y reduccionista de la cuestión- plantean el quiebre, la disolución de la tarea docente; porque ya no cumple las funciones que claramente se explicitaban en los comienzos de la formación del sistema educativo. En cambio proponen un docente que cumpla el rol de guía, acompañante, coordinador, asistente, que tiene como función primordial contener a sus alumnos. Distinta es la concepción del pedagogo brasileño Paulo Freire, que comenta al respecto: “(…) toda educación es directiva. No existe educación no directiva, porque la propia naturaleza de la educación implica la directividad. Pero, no siendo neutro el educador, siendo directivo en su rol de educador, esto no significa que deba manipular al educando en nombre del contenido que el educador sabe a priori… el hecho de que la educación sea por naturaleza directiva no debe llevar al educador a tener una posición espontaneísta.” Y continua más adelante: “Yo siempre afirmo: el educador no es igual al educando. Cuando uno como educador, dice que es igual a su educando, o es mentiroso y demagógico, o es incompetente. Porque el educador es diferente del educando por el hecho mismo de que es educador. Si ambos fueran iguales, uno y otro no se reconocerían mutuamente.”Considero que son importantes y pertinentes las aclaraciones de Freire, ya que se han realizado muchas interpretaciones –algunas muy erradas- sobre la tarea docente en nombre del modelo pedagógico transformador. Educador y educando no cumplen la misma función en el proceso de enseñanza-aprendizaje, que es directivo y está mediado por un saber, un contenido específico. Cuando se aborda el tema de la profesionalización de la tarea docente, inevitablemente se hace referencia a la cuestión de la autonomía. Ahora bien, la pregunta que debemos hacernos es: ¿de qué hablamos cuando planteamos la necesidad de un docente autónomo?, autonomía ¿para hacer qué? Libertad, autonomía, igualdad, independencia son conceptos que fueron adquiriendo distintos matices desde la modernidad hasta nuestros días. Hoy en la era de la globalización, del neoliberalismo económico y político, del neocolonialismo, de los híper avances tecnológicos y científicos, nos aseguran que somos completamente libres de hacer lo que queramos (de “consumir libremente” lo que nos gusta o hasta lo que no nos gusta), en la era de la desterritorialización del poder nadie parece regular, intervenir, ni dominar, no hay rostros visibles que tomen las decisiones y se hagan cargo de ellas. Lo mismo ocurre en el ámbito de la docencia: ¿Quiénes toman las decisiones macro que configuran los sistemas educativos? ¿Quiénes proponen lo que el docente debe o no debe hacer? Allí –a mi entender- es donde aparece el tramposo discurso de la autonomía. Ser autónomo requiere un trabajo reflexivo y constante desde los inicios de la formación docente y luego durante el ejercicio cotidiano en las aulas. Myriam Feldfeber argumenta al respecto “(…) La autonomía, al transformarse en un tema de legislación y prescripción, más que posibilidad de construcción colectiva constituye un cerco que limita el accionar docente”. Considero- al igual que la autora- que ser libre y autónomo no es algo que pueda imponerse, prescribirse o decretarse, al contrario, debe surgir de una necesidad, de un deseo propio. Debemos crear espacios de reflexión y formación para que nosotros –los propios docentes o estudiantes- discutamos la necesidad de pensarnos como profesionales y trabajadores de la educación. En un contexto escolar donde los docentes están alienados y aislados: ¿Es posible hablar de autonomía docente? ¿Se refleja en el accionar cotidiano la vocación de los docentes? ¿Pueden gestarse espacios de reflexión acerca de la necesidad de profesionalizar la tarea docente? Primeras conclusiones Como dije al inicio de este escrito creo que comenzamos a constituirnos como docentes mucho antes de ingresar al profesorado o al magisterio. Lo interesante de poner en duda nuestra vocación, nuestra necesidad de percibirnos y accionar como profesionales responsables y autónomos es que nos permite repensar nuestros objetivos, la responsabilidad de nuestra tarea, la importancia de formarnos y cuestionarnos constantemente. La autonomía sólo es propicia si es un sentimiento verdadero que se traduce en nuestro accionar diario, teniendo conciencia del alcance de nuestra labor y del carácter fundamentalmente político y democrático del acto educativo. Pensemos críticamente la realidad social, cuestionemos nuestras significaciones y reconsideremos nuestra vocación y nuestros pensamientos; creo que ésta es la única forma de ser un poco más libres y profesionales en nuestro desempeño como educadores. Entiendo que el análisis siempre debe ser desde la complejidad, no nos conformemos con respuestas simplistas y elaboradas por otros – a veces híper especialistas en la materia- que no conocen la realidad de los estudiantes, ni las dinámicas de poder que estructuran las formas de accionar y relacionarse en los ámbitos educativos. A mi entender, los docentes no son coordinadores ni acompañantes, son docentes; y como tales tienen a su cargo la tarea de educar; con todas las responsabilidades que ello implica. Sólo nos resta tomar conciencia de ello y crear espacios participativos y dinámicos –desde los inicios de la formación- que permitan compartir, socializar y reflexionar: ¿En qué consiste la tarea de los docentes? ¿Cuáles son nuestros propósitos y expectativas? ¿Qué esperamos de nuestros alumnos? ¿Cuál es el alcance de nuestra tarea en las instituciones educativas? ¿Por qué es necesaria una formación continua y actualizada?; en definitiva ¿Qué entendemos por nuestro ser docentes? Necesitamos poner el énfasis en el factor humano de la transformación educativa, sin dejar de lado las cuestiones técnicas como puede ser la planificación, los métodos y la selección de contenidos; reflexionando sobre la situación actual de educadores y educandos de los distintos contextos educativos, que viven distintas realidades sociales.

El arte de enseñar (Paola)

Aquel que desee convertirse en maestro del hombre, debe empezar por enseñarse así mismo antes de enseñar a los demás; y debe enseñar primero con el ejemplo antes de que lo haga verbalmente. Pues aquel que se enseña a sí mismo y rectifica sus propios procedimientos, merece más respeto y estimación que el que enseña y corrige a otros, eximiéndose a él mismo.
Khalil Gibran

Hoy en día en que cada vez se cuestiona más la carrera y la formación docente, y se critica ampliamente la decisión de ser profesor; sería bueno dar una mirada a los motivos, las dudas y las consecuencias de ser profesor hoy. Pero antes de seguir avanzando en el análisis y reflexión de la tematica seleccionada, debemos explicar cuál es el concepto que tenemos acerca de la ‘Vocación’ , palabra que proviene del latín vocāre, que significa ‘llamado’, entiendo por vocación al derecho que todos tenemos a superarnos, a ser más, la convicción de que somos capaces de modificar realidades y hacerlas más favorables para quienes empiezan el camino de la vida. Y en este camino siempre tropezamos con las dudas: ¿cómo voy a ser yo capaz de eso? Quizás una de las respuestas que puedo hallar sería: no, no soy yo, en mi tarea individual, son los niños/ adolescentes/ jóvenes, en constante diálogo, son ellos que despiertan al mundo, ellos que logran crecer, avanzar y desarrollarse, que necesitan un apoyo para volar con alas propias, entonces el docente se transforma en el mediador, el facilitador del conocimiento y el aprendizaje, el que se prepara, estudia e investiga para que sus alumnos aprendan. Al respecto de esta reflexión, puedo considerar algunas consecuencias de ser profesor, como la maravilla, la satisfacción del cansancio, el dolor de la frustración que nos recuerda que cada día podemos aprender algo nuevo, la certeza de que nos desempeñamos en el lugar en que renace la alquimia, donde surge la magia, donde las personas forjan su futuro. En un principio mencionaré a Kant, quien pone un acento importante en la educación en gran parte de sus obras y pensamientos. Para este filósofo alemán, las dos artes más difíciles para la humanidad son la de gobernar a los hombres y la de educarlos, pues en ambos, la naturaleza no nos ha dotado de instinto alguno.‘El hombre llega a ser hombre exclusivamente por la educación; es lo que la educación hace de él. En la educación se encuentra el gran secreto de la naturaleza humana; por ella el hombre puede alcanzar su destino pero, ningún individuo puede alcanzarlo solo. No son los individuos sino la especie humana, la que puede lograr este fin. Dado que el hombre tiene que mejorase a sí mismo, es decir, cultivarse a sí mismo, se ve cuán difícil es la tarea. Ésta se da paso a paso en la medida en que una generación transmite a otra su experiencia. Esto significa que la educación es un fenómeno socio-cultural e histórico de carácter intergeneracional.’
Siguiendo esta línea, puedo pensar que la tarea del docente es una transmisión cultural de valores, experiencias, motivaciones, saberes; pero, sobre todo, poniendo el énfasis en la actitud de aquel que transmite y acompaña al hombre, al joven, en ese camino de conocer el mundo, anexando por parte del que aprende, esfuerzo e interés por el bien del mundo y que sean capaces de concebir un estado mejor como futuro posible, salvando y destacando las virtudes de la especie. Si pensamos en la sociedad actual, en los cambios políticos-económicos que sufren la modernidad y sobre todo la educación, nos podemos preguntar: ¿Qué significa la educación? ¿Qué sentido tiene la educación y qué es lo que implica? ¿Es meramente con el fin de aprobar algunos exámenes y obtener un empleo? ¿Cuál es el rol que cumple el docente en la escuela y la sociedad de hoy? Tanto si somos maestros como estudiantes en formación, ¿no es fundamental que nos preguntemos por qué educamos o se nos educa? ¿Y qué significado tiene la educación en la vida que llevamos? Nosotros generalmente nos preparamos para entender un pequeño rincón de la vida. Aprobamos algunos exámenes, encontramos un empleo, nos casamos, tenemos hijos, y después nos volvemos más y más como maquinas. ¿Es propósito de la educación ayudarnos a explorar, a buscar, lo que cada uno ha sido ‘llamado’, o sólo consiste en prepararnos para un oficio, para el mejor empleo que podamos obtener? Podemos indicar que la finalidad de la educación es la de crear alumnos reflexivos y razonables mediante la enseñanza de habilidades de pensamiento: ‘enseñar a pensar mejor’ se debe enseñar a pensar por sí mismos. El componente principal en la enseñanza del pensar es el establecimiento y el fomento de un ambiente en la clase, en la cual se transforman, cultivan y practican las habilidades, disposiciones y el sentido general del cuidado, constitutivo del buen pensar. Es por ello que lo constitutivo de la comunidad en el aula es la indagación, una comunidad reflexiva formada por individuos comprometidos con la exploración autocorrectiva y la creatividad. Desde mi punto de vista, lo importante sería destacar que en la finalización de una clase ideal, tanto el alumno como el docente, hayan podido modificar algún esquema previo de experiencias, esto sólo ocurre mediante el diálogo, y el intercambio de reflexiones entre ambos. El sujeto que aprende es potencialmente investigador, explorador, por lo cual es un hombre activo. Se sostiene una concepción de sujeto creativo, razonador, seguro de sí mismo, dable para el crecimiento personal e interpersonal, y desarrollador de la capacidad para encontrar sentido en la experiencia, descubrir alternativas, ser imparcial, coherente, capaz de ofrecer razones a favor de las creencias y diversas situaciones que se planteen. Para finalizar este trabajo, reflexionaré acerca de la vocación docente y su vinculación con la filosofía de la educación. La importancia que tiene la filosofía en la educación radica en las habilidades de razonamiento que esta proporciona. Se considera a la educación como una acción eminentemente humana, que establece y produce vínculos humanos, que se lleva a cabo en la cotidianeidad de nuestras vidas y que presenta una potencialidad transformadora de la vida social. El docente es el encargado de aceptar la responsabilidad de despertar la confianza y el cuidado para sentar las bases que constituirán las vías de las experiencias. Es decir, que tiene el compromiso de garantizar que sus alumnos dispongan de los medios, a lo largo de la discusión filosófica para defenderse de sí mismos. El cuidado, el respeto y la confianza del docente es sus estudiantes resguardan los procedimientos de la indagación; es el encargado de ayudar a los niños que entiendan e internalicen, a través de la comunidad, los procedimientos que constituye la investigación.

La vocación docente hace a la calidad de la práctica (Érica)

Así como existen médicos, farmacéuticos, ingenieros, dentistas y abogados mal preparados, también hay docentes en las mismas condiciones. Pero hay muchos casos en que, los docentes, mas allá de haber tenido una buena formación, se muestran apáticos, desinteresados y desanimados. Esta cuestión inevitablemente repercute en el aula. Frente a esto surgen ciertos interrogantes, como, por ejemplo, ¿Qué es lo que en realidad hace a la calidad de la práctica docente? ¿Un buen docente es el más culto o el más comprometido con la práctica? ¿La calidad docente tiene que ver con la formación o con la vocación? El objetivo de este breve ensayo es demostrar por qué la calidad de la práctica docente esta mas ligada a la vocación y al compromiso por la práctica que a la formación académica, culta, etc. Obviamente sin desmerecer a esta última que de todas formas no deja de ser indispensable. Como se sabe, la vocación es el deseo de emprender una carrera, profesión o cualquier otra actividad en la que sintamos mucho placer y pasión en realizar. De tal forma la docencia, debería ser en todos los casos, más que una profesión a la que se recurre como sucede muchas veces porque presupone rápida salida laboral, o porque posee planes de estudios más cortos, etc. La docencia es y debe ser para todo el que la elige una vocación. Ya que tiene una importante misión. Esta misión es la de formar personas, ya sea desde sus primeros años cuando se es maestro de jardín y preescolar, hasta cuando se es adolescente y adulto. Ser docente implica transmitir, enseñar, formar y educar a las personas. Sobre distintas materias, conocimientos y también sobre los valores y principios del ser humano. Ahora bien, no esta de mas aclarar que para poder llevar acabo esta tarea es necesario estar capacitado. Pero justamente la idea que trata de explicitarse en estas páginas es que ésta capacitación no consiste solo en un saber enciclopedista, sino que requiere de
una pasión, de un sentimiento por la práctica, de tener una capacidad de comprometerse con esta. Porque si bien es cierto que el individuo que elige la docencia necesita una formación académica, también es cierto que sino ha surgido en él la vocación que se requiere indispensablemente en esta profesión, los resultados negativos se podrán evidenciar luego en la práctica. Como por ejemplo, el docente que solo se limita a entrar al aula a dar su clase expositiva sin siquiera una mínima participación de los alumnos, sin lograr un vínculo agradable que permita el interés de por lo menos de la mayoría de ellos; y que luego al tomar evaluaciones obtiene solo resultados negativos. De lo mencionado en el párrafo anterior, se desprende la idea de que para ser un buen docente, entendido como un docente con calidad al enseñar, no basta solo con ser una persona culta que sepa expresar sus conocimientos verbalmente, sino que debe necesariamente estar complementando con una serie de cuestiones que están mas ligadas a la vocación y al sentimiento de la docencia. Pues la predisposición a la hora de enseñar es lo que termina por definir la práctica. Ya que toda formación docente que no esté acompañada de una toma de conciencia por parte del individuo, acerca de la responsabilidad que indica la practica docente, no servirá de nada. Desde esta perspectiva un buen docente, con pasión, con placer al realizar la práctica y con compromiso, se diferencia de los demás porque posee ciertas virtudes mediante las cuales se logran menores resultados educativos que en otros casos. Dichas virtudes están íntimamente ligadas ala vocación, al compromiso con el cual el docente lleva acabo sus clases; y como es necesario definirlas se explicitarán a continuación.
Lo que hace a un buen docente. En primer lugar quiero rescatar que un buen docente comprometido con lo que hace y consiente de la tarea que tiene en sus manos, es el que tiene la capacidad de reflexionar sobre su práctica. El que sabe percibir y admitir cuando se equivoca y se esfuerza con sinceridad en considerar que no siempre es el dueño de la verdad y la razón. Por otro lado también es indispensable para lograr la calidad en la práctica saber renovar el sentimiento de entusiasmo e involucrar al alumno a través de la pasión. Tener la mentalidad abierta y acompañar el proceso de construcción del conocimiento, actuando como mediador entre los objetos del saber y el aprendizaje, ser para el alumno su descifrador de códigos.
Otra cuestión ligada a la anterior seria el tipo de concepción que se tiene con respecto. al alumno. Pues no es lo mismo el docente que considera que el alumno debe ser pasivo en las clases, sin tener en cuenta sus conocimientos o ideas, que el que si tiene en cuenta sus experiencias, intereses y su participación. Como también sus opiniones y los saberes que estos ya poseen. Es necesario que el docente sepa mirar a través de los lentes de otros anteojos, que esté preparado para comprender que es imposible que los demás, con perspectivas de vida, edad y sueños diferentes estén siempre de acuerdo con sus ideas y con lo que dice. El buen docente tiene en cuenta que es imposible enseñar algo a alguien si no asocia al nuevo concepto que trae con los conceptos previos que el alumno tiene. Resulta imposible para la enseñanza dejar de rescatar los saberes del alumno presentes en su mundo imaginario, en gustos y disgustos, alegrías y tristezas, sentimientos y emociones. Esto se logra mediante la comunicación con ellos, es por esto que es imprescindible para el educador que sus alumnos hablen, opinen, sugieran, interroguen, cuenten cosas.
Otra característica fundamental del buen docente que pueda justificarse desde la pasión y el compromiso con la práctica es el tener asistencia y puntualidad. Ya que no existe factor mas determinante para el despertar de la indisciplina y la mala disposición de los alumnos en la clase que un profesor que entra al aula cuando los alumnos estaban ya pensando que no venia. El alumno no debe tener motivos para imaginar la falta o esperar que ocurra el retraso para darle lugar al desorden, ala indisciplina, etc. Otro factor clave es saber emplear la voz en un tono correcto; quizá en un tono un poco mas bajo que el habitual. Pues es importante que los alumnos se obliguen un poco a oír. También saber dirigirse a todos en el aula, porque no es positivo dar clases mirando solamente a algunos o al grupo de la primera fila o del fondo. La clase siempre es para todos y la postura del profesor no puede permitir que se dude de esto.
Por otro lado, también está el poseer proyectos de evaluación claros y explícitos, es decir, el docente que se ocupa más por la comprensión y aprendizaje del alumno que por los resultados y nunca hace del examen un instrumento de terror o un arma de coacción.
Un buen docente es también quien sabe desarrollar en los alumnos el autoestima, descubrir el lado bueno del alumno y porque no elogiarlo con moderación. Ya que la autoestima no es un talento que se tiene o no se tiene, muchas veces el profesor es el que mejor puede desarrollarla. También es bueno saber exigir con firmeza, pero si es posible con buen humor la colaboración de todos. El docente con este perfil muestra siempre disposición para mantener la calma y la serenidad, aun en las situaciones más difíciles. Frente a esto es preciso aclarar que no es lo mismo tener autoridad que autoritarismo. El buen docente tiene en cuenta que la tolerancia es importante pero las reglas son las reglas. Ahora bien teniendo en cuenta todo este listado de cosas de las que se hablo anteriormente, debe poder comprenderse que: sí existe un cimiento básico en el que se apoya el punto de partida de una buena práctica docente, ejercida con calidad, que no depende solo de la formación intelectual o académica y la adquisición de conocimientos, sino mas bien tiene que ver con tener “genio” o no para tolerar, aconsejar, comprender, saber reflexionar y mostrar caminos. Es cierto que pueden existir otras cuestiones que también evidencian lo relacionado a la vocación docente y su relación con la calidad en la práctica, es mas, estoy segura que las hay, solo que no serán abocadas en este trabajo.
A modo de conclusión. Si bien enseñar nunca fue un juego fácil, es más probable que le sea mucho más accesible cumplir con las metas propuestas al docente que se encuentra en ese camino por verdadera vocación. El mas beneficiado en esto, más allá de él como profesional, es el alumno. Como se menciona en el desarrollo del ensayo tener la mentalidad abierta, ser para el alumno su descifrador de códigos y receptor de muchos lenguajes, significa establecer límites y edificar democráticamente una interacción en la que, en lugar de la opresión y de la prepotencia se encuentra la dignidad de quien educa. Un buen educador es-y siempre lo será-un buen artesano del futuro y, para eso, tiene que descubrir cualidades, sorprenderse con revelaciones, investigar talentos y esto solo se logra con vocación.
Si pensamos en los profesores que tuvimos, probablemente recordaremos que las imágenes más lucidas y significativas no estaban necesariamente en el más culto, rígido e inaccesible, sino en los que supieron mirarnos a los ojos, escuchar nuestras opiniones y despertar nuestro interés. Pensemos en que el educador despierta respeto e interés en los alumnos no solo por el conocimiento que posee, sino también por la pasión con que lo trasmite, por la organización de su plan de clases, por la coherencia indiscutible de sus preguntas, por la agilidad de las estrategias que aplica, en fin, por el extraordinario profesional que es. Errores y aciertos de los docentes existen y existirán siempre, pero es preciso aclarar
que serán en menor medida si se asume el compromiso con la práctica respondiéndose al ¿por qué? y ¿para qué se quiere enseñar?

Vocación docente (Natalia)

La vocación se define como la inclinación que tiene una persona hacia alguna profesión o estudio que exige condiciones y aptitudes especiales, incluso se afirma que determina los rasgos que dicha persona posee. La vocación de una persona se refleja completamente en su personalidad, viene desde adentro: de sus sentimientos, de sus emociones, de sus deseos y de sus sueños. Una instancia vital para enfrentar grandes desafíos en educación es la vocación docente, la cual influye en gran medida en el constante desarrollo personal, cuyo objetivo es entregar una mejor calidad de enseñanza a quienes son los actores principales de la educación: los alumnos. La vocación, por tanto, se transforma en el pilar fundamental para motivar a quienes elegimos formar personas. Teniendo vocación, los desafíos educacionales se enfrentan de mejor manera, son beneficiados los alumnos cuando esta vocación se vive intensamente, pero, además, el docente se siente satisfecho y autorrealizado. Pensar en la vocación como Freire la pensaba Pensar en la vocación como Freire la pensaba es pensar en la utopía transformadora del mundo desde una educación liberadora y critica. Los docentes comprometidos con dicha educación, deben mantener viva la chispa concientizadora de sus ideas, porque bajo esta idea se considera a la educación como un acto de amor y de coraje. Una pedagogía de la resistencia, que devele la dominación y que colabore con la conciencia ingenua a la conciencia crítica y autónoma, que se convierta, como quería Freire, en una práctica de la libertad. Esta pedagogía identifica los factores de alienación y deshumanización que hay en el contexto socioeconómico y político y la voluntad de compromiso con el cambio de esas condiciones. Reconocen la politicidad de la educación y su carácter de fenómeno social. La pedagogía de Freire es una de las pedagogías que busca su coherencia en el intento de constituirse “desde” y “con” los oprimidos, antes que “para” ellos. Su pensamiento parte de un supuesto básico: La educación como práctica de la libertad. Esta educación esta sustentada por la concepción dialéctica en que educador y educando aprenden juntos en una relación dinámica en la cual la práctica, orientada por la teoría, reorienta esta teoría, en un proceso de constante perfeccionamiento. En este sentido, se propone una educación dialogal y problematizadora como instrumento para la concientización (la elevación de la conciencia ingenua a la conciencia crítica). Lo importante desde el punto de vista de la educación liberadora, no bancaria, es que los hombres se sienten sujetos de su pensar, discutiendo la visión del mundo, problematizando y transformando a través de la praxis su realidad. Los educandos, se transforman en investigadores críticos que están en diálogo con el educador quien también lo es. En la educación bancaria, en cambio, el saber es una donación de aquellos que se juzgan sabios a los que juzgan ignorantes. El educador asume la postura de que él es siempre el que sabe en tanto los educandos son siempre los que no saben. Los educandos reciben los depósitos de conocimiento, que luego, memorizaran, guardaran y archivaran. Aquí se adaptan al mundo de la opresión en lugar de querer transformarlo. En la medida en que esta visión bancaria anule el poder creador de los educandos o lo minimiza, estimulando así su ingenuidad y no su criticidad, satisface los intereses de los opresores. Freire piensa que si bien es necesaria la educación que desarrolle la conciencia crítica ella por sí misma no provoca el cambio social. Aunque, poder conjeturar un mundo diferente, es al menos un primer paso. Alcanzar la comprensión más crítica de la situación de opresión no libera a los oprimidos. Sin embargo, al hacerlo visible se da un paso para superarla, siempre que se empeñen en la lucha por la transformación de las condiciones concretas en que se da la opresión. La educación, como práctica reveladora, no genera por sí sola la transformación del mundo, sin embargo, es necesaria para ella. Y es aquí donde aparece una de las tareas fundamentales de la educación democrática: posibilitar el desarrollo del lenguaje que perfile hacia la transformación del mundo nuevo.
Enseñar y aprender. El educador y educando se encuentran en el camino del conocimiento en una interacción enriquecedora para ambos. Tanto el docente como el alumno, ponen en juego el pensamiento crítico y reflexivo en relación con el objeto de conocimiento. Aquí se promueven propuestas dialógicas, que consisten en la circulación de roles entre educador y educando, basada en la reflexión critica y en la mirada de la realidad
concreta. El educando deberá asumirse como tal, pero asumirse como educando significa reconocerse como sujeto que es capaz de conocer y que quiere conocer en relación con otro sujeto igualmente capaz de conocer, el educador. Enseñar y aprender son así momentos de un proceso: el de conocer.
El educando se torna realmente educando en la medida en que conoce o va conociendo los contenidos, los objetos cognoscibles, y no en la medida en que el educador va depositando en él la descripción de los objetos o de los contenidos. El enseñar y el aprender se van dando de manera tal que por un lado, quien enseña aprende porque reconoce un conocimiento antes aprendido y por el otro lado, porque observando la manera en como el alumno trabaja para aprehender lo que se le está enseñando, el educador se ayuda a descubrir dudas, aciertos o errores. El aprendizaje del educador al educar se visualiza en la medida en qu el educador esta repensando lo pensado. El educador aprende primero a enseñar, pero también aprende a enseñar al enseñar algo que es reaprendido por estar siendo enseñado.
Freire describe variadas virtudes o cualidades que son fundamentales y necesarias para la práctica de un docente, cualidades que son de gran importancia para formar el perfil de un educador y de las cuales un alumno se debe apropiar y vivenciar para ejercer un buen desempeño profesional.
Cada una de estas cualidades destaca el rol que debe cumplir el educador para apoyar al alumno para que éste desarrolle estas cualidades o virtudes, pero también resaltando el hecho que en primer lugar las debe descubrir y vivenciar el propio educador para que su entrega hacia el futuro educador sea absolutamente coherente. Una primera cualidad es la humildad. Esta es una virtud muy importante ya que nos puede alejar o acercar a las personas, es muy frecuente sentir que lo sabemos todo y que somos dueños de la verdad. El educador debe ser humilde con su alumno para escucharlo y admitirlo como un par, como un profesional que solo tiene menos experiencia que él. El educador debe acompañar al estudiante para que durante su proceso de inserción logre cultivar la humildad y adquiera así la seguridad que necesita para lograr su identidad profesional. El educador debe orientar al alumno en su proceso de reflexión para que descubra y comprenda que bajo el autoritarismo impide el acercamiento y la interacción con sus alumnos y, además, dificulta la comunicación.
Otra característica importante que todo docente debe tener en cuenta es la
amorosidad. El educador debe sentir amor por enseñar, debe sentir y vivenciar la vocación, quizás sea ésta entre todas las cualidades la más importante, ya que cuando se ejerce por vocación el amor fluye naturalmente, la afectividad marca la relación y la comunicación entre el educador y sus alumnos y dependiendo de cómo sea ésta se construirán relaciones comunicativas más flexibles e interactivas. El educador debe acompañar al alumno en este duro proceso, puesto que cuando el alumno ejerce su rol de docente por primera vez sin duda siente muchos temores e inseguridades y será labor del educador ayudarlo para que los supere, pero con tolerancia sin la gran pretensión que es un proceso rápido, sino que en este paso la tolerancia adquirirá una gran relevancia al convivir con las cosas diferentes ; no hay que olvidar que el alumno trae una gran cantidad de información producto de su formación y que al interactuar en el contexto educativo en el cual se inserta se encuentra con una realidad totalmente diferente y es en este punto donde juega un papel importante la tolerancia y la capacidad para tomar decisiones para solucionar los problemas que se le presentan con seguridad y justicia. Otra cualidad importante que debe desarrollar todo educador es el equilibrio entre la paciencia y la impaciencia, eso no se refiere nada más que a vivir en armonía y equilibrio, actuando y viviendo “impacientemente paciente” con una actitud alegre y positiva hacia los educandos y hacia el contexto educativo de su comunidad de aprendizaje. El futuro educador por ser principiante en este sistema educativo tiene como característica propia el ser impaciente, por lo tanto esta será una gran tarea para el educador, pues deberá desarrollar un trabajo muy minucioso con su alumno para que éste pueda avanzar en su proceso de inducción al sistema con paciencia.
Para concluir este reflexión sobre las principales cualidades o virtudes, podría decirse que a pesar de que el educador se desempeñe en contextos educativos difíciles, donde su labor no es reconocida, ni sus cualidades son valoradas, éste nunca debe olvidar que en su opción de vida eligió ser educador y que para ello debe desarrollar ciertas virtudes que le permitirán llevar a cabo sus tareas y, por tanto, construir su propia identidad profesional. Debe re-encantarse todos los días con su vocación y por sobre todo enseñar con tolerancia, con equilibrio entre la paciencia y la impaciencia, venciendo sus temores con una actitud humilde y a la vez ser capaz de tomar decisiones con seguridad. El educador de hoy, quizás enfrenta muchas más dificultades que el educador de ayer, ya que éste está inmerso en un sistema educativo con muchas exigencias y desigualdades que por ende crea sentimientos de descontento y desencantamiento en los
futuros docentes. Es en esa realidad a donde llegan los futuros docentes, por lo tanto el educador debe ser muy afectivo y amable para orientar a su alumno, para que de esta forma éste se encante con su vocación y para que descubra el amor por enseñar y que además ésta entrega sea venciendo sus temores, siendo valiente en su actuar, ya que para superar los miedos y nudos críticos se necesita de mucho valor. Sabemos que la educación no es la única transformadora del mundo, aunque bien sabemos que los cambios del mundo son un quehacer educativo en si mismo. Toda acción educadora persigue algún fin. Pero esto no significa que el educador imponga su propia opción, lo cual implicaría una actitud autoritaria, sino que educadores y educandos tienen derecho a tener su propia visión del mundo.
La acción educativa pretende la formación docente permanente (su actualización) y la reflexión sobre la práctica cotidiana. El proceso de enseñar, que implica a la vez el proceso de educar y, también, de aprender, contiene la búsqueda de conocer. Es por ello, que una de las razones de quien quiere hacerse educador, es la disposición a la pelea por la defensa de sus derechos. Algo tan importante como esto es pensar la práctica como la mejor manera de perfeccionar la práctica misma. El educador aprende al enseñar, si es humilde y está dispuesto a repensar lo pensado y revisar sus posiciones, a aprender de sus alumnos, esto no implica que se no se capacite responsablemente.
Si bien el que enseña es el educador, esto no significa que pueda enseñar lo que no sabe, su responsabilidad es prepararse. Debe estudiar quien se prepara para la tarea docente y quien ya lo es rehacer su saber para enseñar mejor. La idea es poder hacer una lectura crítica de nuestro propio quehacer. Muchas veces, suele suceder que durante nuestra preparación ante determinados obstáculos que se nos presentan retrocedemos. Este es uno de los errores que podemos cometer mientras nos preparamos para ser docentes. La vocación como parte de las vivencias de un sujeto no permanece inalterable en el tiempo. Se reconstituye en la experiencia, en el reconocimiento que los estudiantes brindan al docente y en el proceso reflexivo que realiza el docente al analizar su labor y las consecuencias de su accionar.

La docencia debería ser una vocación (Yamila)

La vocación docente puede surgir, se puede aprender a desear ser un buen profesor. Cuando surge dicho sentimiento se nos impone desde nosotros mismos con fuerza irresistible de modo que si no lo seguimos frustramos nuestra vida, es un ideal que va mas allá de solo enseñar implica una enseñanza en valores. Solo aquel con verdadera y profunda vocación tendrá amor a su quehacer docente. Hay docentes que no entienden el verdadero sentido de su trabajo. Se necesitan docentes que antes que otra cosa sean educadores. Ello implica algo más complejo, sublime e importante que enseñar a sumar-restar o aprender a escribir. Educar es alumbrar para formar personas autónomas, criticas, personas libres y solidarias. Conlleva dedicación en alma. Es aquel que se convierte en figura de un saber a la vez que acompañante del proceso educativo. El interés por enseñar da cuenta de un rasgo personal, reconocido por el que lo siente, entendiendo que no se trata simplemente de un empleo sino de una tarea significativa. Docentes apasionados por el conocimiento, apasionados por aprender, por enseñar, son características claves para poder transmitir ese apasionamiento a sus alumnos. La educación va mucho más allá de la satisfacción de unas exigencias académicas, del cumplimiento de unas normas o de la aplicación de una técnica. Los fines que se propone son de carácter moral, el desarrollo intelectual, social y espiritual de los alumnos para que lleguen a plenitud como personas. Ser profesor es un trabajo arduo y complejo que abarca un aprendizaje continuo del conocimiento y de la vivencia única durante cada día de nuestra hacer cotidiano como docentes, significa ser capaz de sentir cada escuela, curso o grado y alumnos como seres singulares con interés y saberes previos los cuales nos enseñan o nos reclaman que los escuchemos ya que a ellos va dedicado nuestra actividad, es imposible concebir un mundo sin alumnos, sin ellos no existiríamos. Por eso aquel que elige en su vida la docencia debe tener en presente que será con ese pueblito con el que compartirá toda su trayectoria profesional. Plantear la docencia como vocación parece sencillo en el discurso, sin embargo encontramos pocos docentes con estas características, como lo expresa el titulo de mi ensayo “La docencia debería ser una vocación”. Una de las razones de la falta de vocación es la creencia errónea de concebir al magisterio como una carrera fácil. Una vez escuche mientras viajaba en tren un comentario de unas mujeres, conversaban acerca de su estado económico y sus ansias por progresar, una de ellas quería estudiar pero se le impedía el tiempo y el gasto monetario que ello implica, a lo cual la respuesta de su acompañante fue textualmente: “ estudia aunque sea para maestra”. La obligación es otra causa que llevan al fracaso o a la desmotivación en la práctica docente, sin poder llegar a encontrar el sentido a su elección. También el prestigio o el interés económico son otras de las razones. Por otro lado cabe preguntarse las causas de la deserción escolar, en parte es responsabilidad del docente. Docentes desganados en su labor, que no respetan la diversidad de sus alumnos (diversidad en cuanto a tiempos de aprendizaje distintos, diferencia ideológicas, modos diferentes de aprender) aquellas que solo enseñan para que se adapten a su tiempo, método y forma de pensar, no merece categorizarse como docente. Al respecto recuerdo una frase ejemplar: “pobrecito dejalo si mas no puede aprender”, o “este libro no es para vos no lo vas a entender mejor algo mas fácil para vos”, traigo estos palabras porque las viví en carne propia de personas que sinceramente no se que hacen, buscan al ejercer su oficio como profesor. La descalificación es un arma mortal que encasilla a la otra persona en una forma de ser sin posibilidad alguna de cambio, es un error grabe en que podemos caer si no tenemos vocación sincera por enseñar. Si deseamos ser buenos docentes la clave es la vocación como dedicación abnegada a nuestra tarea, con respeto y paciencia planteando objetivos claros y alcanzables para con uno mismo y para con sus alumnos. La flexibilidad es otro rasgo fundamental en cuanto a entender y priorizar lo que es mejor para el alumno siempre postulado desde sus capacidades y reforzando aquellas donde se perciba las flaquezas. En mi estadía en el instituto Joaquín. V. González e tenido una variedad de docentes, muchos de los cuales me han enseñando no solo lo curricular me dieron lecciones de vida, me mostraron interés, preocupación hacia mi persona para que aprendiera. Horas dedicadas a charlas reflexivas sobre la docencia.
Recuerdo en una ocasión estaba cansada mas bien agotada había tenido parcial toda la semana. Mi cara era muy expresiva, mis pensamientos divagaban, estaba preocupada por las notas y a la vez tenia sueño. Al terminar la clase el profesor se acerco a mí para preguntarme si estaba bien, pues me notaba diferente. Esa actitud me sorprendió, si bien era y es un excelente profesor, apasionado por su asignatura, además una persona dedicada a lo que hace, hasta nos brindo la posibilidad de consultarle cualquier inquietud o duda sobre la materia en otro horario conveniente. Remarco la actitud de este docente porque creo pertinente a la cuestión, su ánimo, ganas de enseñar y su interés por sus alumnos son cualidades de un docente con vocación. Como es lógico también encontré docentes enojados, como si fuésemos su karma, aquellos que siguen estrictamente su currículo sin importar quien quede por el camino, sus clases me hacen acordar mas a una batalla donde el objetivo es sobrevivir. Por ultimo quiero destacar una cuestión que se reclama con frecuencia, calidad educativa. Invito a indagar que abarca la calidad proponiendo que en parte representa la calidad del docente. ¿Cuántos profesores sentimos que verdaderamente aman su labor?, ¿alguna vez nos preguntamos, siendo francos con nosotros mismos, la razón de haber elegido a la docencia?, estando frente a una clase ¿cómo nos sentimos? ¿Cómo concebimos a los alumnos? ¿Son personas o son simples nombre sin rostros? Repensar nuestro quehacer como docentes, replantearnos el valor, la dedicación y compromiso que le otorgamos a nuestra actividad para corregir nuestra calidad como educativa que integra pasión, entrega completa a una gran labor; educar.

Vocación docente (Úrsula)

Por la frecuencia con la que se suele hablar de la vocación docente, deberíamos, en primer lugar, definirla históricamente para poder acordar su significación. Vocación se define como “llamado interior”. Su origen se encuentra en la creencia de un “llamado divino” para acercarse a la vida religiosa. Conjuntamente a la idea de destino humano fijado por Dios, las vocaciones fueron atendidas como dones por descubrir y misiones por cumplir. De la vocación religiosa, se extendió esta concepción de “llamado divino” a cualquier otra profesión que se presentara como fuerte inclinación a ser ejercida. Por la misma condición de ser un destino determinado, se creyó en una única vocación que debía ser descubierta y aprovechada en el campo ocupacional. Luego, ¿Cómo descubrirla?
Uno podría remontarse hacia la vida intrauterina e imaginarse cómo debió comenzar, desde allí, el conocimiento del mundo, cómo fuimos atemperándonos con los primeros estímulos y los imperceptibles mandatos que fomentaron una aspiración hacia la vida exterior. Debimos aprender a recibir el oxígeno de nuestro ambiente para que se produzca el intercambio en nuestro organismo, comenzamos a sentir el afecto o no, la atención alimentaria o no y los cuidados sanitarios o no. Entonces, la primera vocación que se tiene es la de ir adaptándonos, mientras van llegando otros alicientes que nos reacomodan continuamente y además, mucho más adelante nos llevarán, quizás, a que nos lleguemos a dar cuenta que también somos estímulo que repercute, de alguna manera, en la integridad del mundo. Los seres humanos vivimos, actualmente, en un mundo fragmentado, complejo y dislocado. Conformamos un mundo que no logra constituirse definitivamente como tal, en tanto el significado del concepto “mundo” implica una “totalización de sentido”, una única realidad en la que las cosas, los hombres y los dioses se relacionan, vinculan y articulan entre sí formando las partes o los momentos de una totalidad que los engloba, los comprende, les confiere identidad y sentido. Es una época paradójica, ya que al mismo tiempo que se produce una tendencia hacia la “globalización”, de un modo de vida propiciado por el mercado, por la ciencia y las técnicas modernas, sentimos, percibimos y experimentamos una incertidumbre ante la totalidad. Desde las ciencias del comportamiento humano, al comenzar a concebir a la personalidad como una resultante de la interacción entre los factores innatos y los factores adquiridos, la Psicología y la Educación fueron estrechándose, sin acordarlo, lazos de colaboración. La primera debió detectar la base caracterológica y el nivel de inteligencia, mientras la Educación se ocuparía de encontrar mejores métodos para implementar ese potencial. Ambas, aún ligadas a resultados de optimización, fueron contribuyendo a la concepción de vocación como el conjunto de llamados para ser y hacer aquello que se pudiera efectuar mejor. Y he aquí, que desde el origen histórico del vocablo “vocación”, las habilidades para realizar diferentes tareas se encararon, desde entonces, como disposiciones a detectarse por la educación, y también por la recién nacida orientación vocacional. El ser humano, luego de nacer, comienza a sentir con más fuerza la energía interna y externa, su latido rítmico vivencia el moverse hacia delante, gateando, caminando, subiendo, corriendo, deteniéndose. Aprende todo lo que puede y como puede.
Nos dejamos enseñar y reunimos un bagaje de información que procesamos según la individualidad de cada uno. A corta edad, nos instalamos en un pupitre y esta situación nos mueve a pensar. El verbo “pensar” deriva de “pesar” y “sopesar”, que significan “ponderar el peso de algo” “examinar algo”. La etimología permite advertir que los pensamientos pesan, que ejercen una fuerza, que gravitan. Y en el momento que a uno le toca cumplir el rol de alumno, se encuentra a disposición del modo o la forma de aquel otro que enseña. Al pensar, comenzamos a examinar nuestras propias fuerzas a la hora de enfrentar, sostener o defender un pensamiento. Desde nuestra esencia, deseamos intercambiar reflexiones con el otro para lograr una armonización, pero si observamos detenidamente al que ocupa el lugar de enseñante, sólo podemos percibir sus estrategias, técnicas y estilos que les resultan eficaces para poder llevar un curso de alumnos, más o menos homogeneizado. Debo haber tenido compañeros que pasaban las horas escolares deleitándose en hacer alguna transacción de compra-venta de objetos, o pensando en ir a ayudar a sus familiares en los quehaceres domésticos o comerciales, imaginándose en talleres mecánicos, en peluquerías, salvando vidas, o jugando un partido de futbol, manejando
autos, camiones, colectivos y aviones. Pero, yo no dejaba de observar el vínculo del que educa y del que aprende. Pensaba, cuándo podría ubicarme como educadora para poder de una forma u otra, encender en cada uno de los alumnos, esas “llamadas interiores” o vocaciones, desde donde ellos generasen el deseo genuino de hacer, para sentir, finalmente, su verdadero ser. Sócrates decía que necesitaba dialogar con los otros y hacerles preguntas porque “no sabía”. Insistía una y otra vez en que era la propia ignorancia la que lo había conducido a esa actividad molesta. Aconsejaba sobre todo a los que se consideran más sabios, ponerse en el lugar del que no sabe. Se llama “ironía” a aquella actitud que cuestiona las verdades más arraigadas desde el no saber e “irónico” al que asume tales actitudes.
La ironía socrática, esta actividad de hacer preguntas desde el lugar del no saber, ha quedado como un ejemplo o modelo hacia la filosofía posterior, y desde aquel momento se ha considerado a la filosofía como algo molesto, como una actividad que incomoda. El mismo Sócrates hablaba de esa incomodidad y se comparaba con un tábano que molesta al buey y no lo deja dormir. Entonces, él molestaba a la polis de Atenas, para que no se durmiera, para que no aceptara su forma de vida sin evaluarla, sin cuestionarla. Por lo antedicho, me lleva a recordar un relato que planteaba que si tuviéramos la posibilidad de resucitar a un cirujano que murió hace cien años y lo lleváramos a un quirófano, éste no sabría operar con los nuevos instrumentales y técnicas que se emplean hoy, pero si tuviéramos la posibilidad de resucitar a un maestro que murió hace cien años y lo lleváramos a un aula, éste sabría utilizar los instrumentos (tiza y pizarrón), técnicas de clase discursiva y frontal que aún continúan, hoy, en la enseñanza. Pero en esta búsqueda personal, la de observar, desde los primeros años de mi escolaridad primaria, y luego la secundaria e incluso durante el nivel terciario, pude conceptualizar a la practica áulica como un espacio de construcción, supe tener en cuenta lo no dicho, lo actuado, lo gestual, el currículo oculto, los códigos innombrables, la tolerancia, el acierto y el desconcierto. Cuando tuve la oportunidad de ingresar al rol del educador, desde ese lugar pude poner en práctica al gran equipaje acumulado, descargándolo en experiencias interactivas que me llevaron a considerar una vez más al otro, pero esta vez, fue al educando. Y yo continuaba sosteniendo la mirada en el vínculo entre el alumno y el profesor, no sólo en búsqueda de la vocación propia sino en la de cada uno de los alumnos. Al avanzar en la carrera, pude reacomodarme en el oficio de alumna, por elección, más selectiva por cierto en cuanto al tipo de enseñanza que deseaba recibir, pero por sobre todo dándome cuenta de que en el arte de la enseñanza-aprendizaje lo más importante es el amor. Y es que es, justamente, en esa donación y receptividad donde uno se encuentra en pleno ejercicio de la vocación.

La vocación docente (Tere)

Los profesores tenemos una enorme responsabilidad, la de formar las mentes y las personalidades de las jóvenes generaciones, de lo que van a ser esas personas en su vida, y, por tanto, también de lo que va a ser este país. Y mi sensación es que esta gran tarea, en que la sociedad se juega buena parte de su futuro, no está debidamente reconocida ni recompensada. Ser profesor es casi heroico. No sólo por el bajo salario y la alta dedicación que esto exige, sino también, y quizá principalmente, por la falta de estima social. El motivo es muy simple: al proceso económico nosotros no podemos aportar capital financiero. Lo único que podemos aportar es mano de obra, capital humano. Por eso nuestra gran aspiración tiene que ser mano de obra calificada, que se halle perfectamente formada. En este país, el mayor capital es el humano. Y eso está en manos de los docentes.
Me dedico a esto porque creo en esto, porque pienso que esta es la manera que yo creo eficaz de trabajar por un mundo mejor. He creído y sigo creyendo que los seres humanos y los países se construyen y se destruyen en las aulas. Y por tal motivo los profesores tenemos una enorme responsabilidad. Quiero entonces, hacer referencia a un tema que cada vez considero más importante. Se trata de un vocablo casi en desuso, el de vocación. La vocación no es un propósito, ni un proyecto. Es algo previo a todo eso. Es algo que se nos impone desde dentro de nosotros mismos con fuerza irresistible, de modo que si no lo seguimos frustramos nuestra vida.
Ortega distingue entre lo que uno “es”, lo que “debe ser”, y lo que “tiene que ser”. La vocación es esto último. También quiero introducir otro término, el de misión. Teniendo en cuenta que es todo aquello que un hombre tiene que hacer en su vida. Por lo visto, la misión es algo exclusivo del hombre. Sin hombre no hay misión. Esto implica que en cada instante de su vida el hombre se encuentra ante diversas posibilidades de hacer, de ser, y que es él mismo quien bajo su exclusiva responsabilidad tiene que decidirse por una de ellas. Y para decidirse a hacer esto y no aquello tiene, quiera o no, que justificar ante sus propios ojos la elección, es decir, tiene que descubrir cuál de sus acciones posibles en aquel instante es la que más da realidad a su vida, la que posee más sentido, la más suya. Si no elige ésa, sabe que se ha engañado a sí mismo, falsificando su propia realidad. Esa llamada, voz o grito imperativo que sentimos hacia un tipo de vida y que surge de nuestro más radical fondo, es la vocación. En nosotros está querer realizarlo o no, ser fieles o ser infieles a nuestra vocación. Pero ésta, es decir, lo que verdaderamente tenemos que hacer, no está en nosotros. Nos viene indefectiblemente propuesto. Por esto mismo toda vida humana tiene misión. Conciencia que cada hombre tiene de su más auténtico ser que está llamado a realizar. La idea de misión, es, entonces, un ingrediente constitutivo de la condición humana. Por tanto, sin hombre no hay misión y sin misión no hay hombre.
Un ejemplo de esto lo constituye El Quijote. Alonso Quijano tuvo un ser y un debe ser. Era un hidalgo manchego, y, según cuentan las crónicas, una buena persona, éticamente intachable. Sus paisanos lo llamaban “Alonso Quijano el bueno”. Sin embargo, al rondar los cincuenta años, siente la imperiosa necesidad de salir por el Campo de Montiel a reformar el mundo. Quiere transformar la edad de hierro que vive, en una nueva edad de oro. En términos de Ortega, no es que quiera hacerlo, es que tiene que hacerlo. Por eso hizo locuras. Todo el que sigue un ideal hace locuras. Pero hacer locuras es cualquier cosa menos estar loco. Para hacer locuras hay que estar muy cuerdo. Y Don Quijote se nos convierte así en el paradigma del hombre con “vocación”, del ser humano que se cree con una “misión” que cumplir. No hay ninguna duda que para ser profesor se requiere hoy una alta dosis de vocación. Todo maestro o profesor tiene algo de Quijote. Pero solo algo, al menos hoy. Y es que el maestro tradicional ha utilizado muchas veces para imponer sus propias reglas e ideas la fuerza, algunas veces físicas, como Don Quijote, y otras psicológica social. La enseñanza ha sido durante la mayor parte de nuestra historia “adoctrinamiento” o “indoctrinación”. Los dos términos proceden del sustantivo abstracto latino doctrina, derivado del verbo doceo, que suele traducirse por enseñar. Doceo, a su vez, traduce el griego dokéo, creer, parecer, de dónde procede el sustantivo doxa, opinión, creencia.
Por supuesto no se trataba de discutir, ni de razonar; se trataba de indoctrinar o adoctrinar, de hacer que las nuevas generaciones conocieran los lugares comunes, la doctrina.
Las cosas han cambiado mucho en estos últimos tiempos. La antítesis de este modelo dogmático e impositivo lo constituye el modelo liberal moderno, en el que la libertad ha pasado a ser el valor máximo, que además actúa como protector de todos los demás. De esta forma el docente se ve incapaz de “educar”, es decir de conducir al joven. Nuestra cultura ha aceptado como principio que lo único que interesa en el proceso formativo son los “hechos”, que los “valores” son subjetivos y dependen de cada uno, y que sobre ellos no cabe discusión posible. Educar en libertad y para la libertad es una tarea comprometedora, difícil, exigente y complicada. Los grandes pedagogos han señalado que éste debe ser un objetivo principal de la educación. Pero la práctica educativa está lejos de alcanzarlo. ¿Por qué? Porque tenemos miedo a la libertad; porque vivir en libertad supone asumir la autenticidad como valor humano fundamental; supone también aceptar la autodeterminación, la disensión, la diversidad, la pluralidad, la independencia... y ello no resulta siempre “agradable”. La docencia es una gran misión, un destino que merece la pena. Esto sí es una vocación que tira de nosotros, que se nos impone de modo imperativo. Esto ilusiona, enamora, y provoca en nosotros lo que se ha llamado el “eros pedagógico”.
El famoso “eros pedagógico” es la otra cara de la vocación. Solo quien hace las cosas con verdadera y profunda vocación tendrá profundo amor a eso que hace. La docencia no puede hacerse sin amor, sin dar amor y sin recibir amor. El Profesor debe sentir amor por enseñar, sentir y vivenciar la vocación y quizás sea ésta entre todas las cualidades la más importante, ya que cuando se ejerce por vocación el amor fluye naturalmente , la afectividad marca la relación y la comunicación entre el profesor y sus alumnos y dependiendo de cómo sea ésta se construirán relaciones comunicativas de calidad. El profesor de hoy, quizás enfrenta muchas más dificultades que el profesor de ayer, pues está inmerso en un sistema educativo con muchas exigencias y desigualdades que por ende crea sentimientos de descontento y desencantamiento en los docentes, por lo tanto el docente debe ser muy afectivo y acogedor para orientar a su alumno.
Conclusión. Con todo lo anteriormente expuesto, reafirmo que el docente, maestro o profesor, es la persona que forma, ayudando a sacar del interior de cada uno lo mejor que lleva dentro. Esto solo se puede hacer razonando, dialogando y deliberando, como hizo Sócrates, lo que requiere que el docente haga “carne de su carne” lo que quiere enseñar.
Agregando que esto solo sucede cuando sentimos la vocación, la cual es acompañada de amor absoluto, dando y recibiendo amor. Educando así en Libertad.

¿Es la vocación docente un llamado divino? (Marcela)

A lo largo de la historia el docente tuvo varias representaciones tales como apóstol, misionero, transformador social, etc., y en la actualidad se lo considera un trabajador más. A diferencia de otras profesiones, la docencia tiene el peso de la vocación. El término Vocación es un concepto muy usado en nuestro tiempo que nos sugiere un llamado ¿Pero un llamado de quién y a quién? Antiguamente se asociaba a lo eclesiástico, vocación sacerdotal, donde Dios llamaba al hombre para servirle como sacerdote. Luego se habló de vocación docente. ’’La cuestión de la vocación docente ha generado un descuido por parte de las autoridades en relación a las condiciones laborales y salariales de los maestros, por considerar que la satisfacción generada por la vocación compensaría las cuestiones económicas. Así se expresaba Karl Popper, “He constatado que sólo los seres que tenían un cierto don, y no estoy hablando propiamente de un don intelectual, sino de una relación interior con los niños, podían ser buenos maestros’’. No coincido con esta visión de la docencia porque considero que su ejercicio no se remite a un llamado divino, o una cuestión innata, tampoco a una simple transmisión de conocimientos, es una actividad compleja que requiere una formación académica continua. No basta con dominar una disciplina porque no aporta los elementos para el desempeño de la docencia en forma profesional. Para ejercer la docencia es necesario hacer énfasis en los aspectos metodológicos y prácticos de la enseñanza, del mismo modo en los aspectos sociales y psicológicos que van a determinar las características de los grupos en los cuales se va a ejercer su profesión. Pues el docente se enfrentará con obstáculos en el grupo clase, que serán el reflejo de lo que sucede en la sociedad. Son varias las causas que motivan a una persona elegir la formación docente. La docencia puede ser una segunda opción, un condicionamiento familiar, una posible salida laboral, etc. Algunos docentes se sentirán prisioneros de su trabajo porque tal vez no se la ha presentado otra posibilidad laboral. Pero hay muchos otros que durante su formación e ingreso al trabajo docente han sentido que educar es su verdadera vocación. Como son diferentes los orígenes por los que una persona decide ingresar al mundo de la docencia, los formadores de docentes no deberían solo centrarse en transmitir conocimiento y juzgar a aquel que no parece ser un enviado de Dios a realizar la compleja tarea de enseñar, sino, que deberían informar a los futuros docentes de las ventajas y desventajas de su futura labor.
Así como no considero que la vocación sea un llamado divino, tampoco acuerdo en que el docente sea ubicado o representado como el segundo padre o madre del alumno, dejándolo a cargo de aquellas cuestiones que son propias de su entorno familiar, como por ejemplo, la imposición de límites.
El trabajo del docente es complejo, no sólo transmite conocimientos porque su labor se ve atravesada por múltiples factores. En el proceso de enseñanza-aprendizaje, para no caer en la rutina, el cansancio y aburrimiento, el docente debe procurar generar un clima apto para llevar a cabo este proceso, de manera tal que ambas partes se vean favorecidas en el mismo. Apelar a los intereses de los alumnos y acompañar constantemente a los alumnos en la adquisición de nuevos conocimientos, promoviendo el pensamiento crítico, dando lugar a la reflexión. Es de suma importancia que los docentes se perfeccionen y realicen una autoevaluación de su trabajo en el aula, porque influyen en la formación de los alumnos como personas y ciudadanos, en tanto la ciudadanía se comprende como un conjunto de prácticas que definen a un sujeto como miembro de una sociedad, en relación con otros sujetos y con el Estado. El aprendizaje es un proceso de construcción, donde se pone en juego experiencias, conocimientos y procesos de pensamiento que la persona posee previamente a ese momento, y que debe recuperarse para que se incorporen los nuevos conceptos. La tarea de educar es compleja, nada tiene que ver con un llamado divino. Docentes y alumnos no son los únicos actores, sino que es una cuestión pública, y la forma en que se desempeña esta tarea pone en juego el futuro de las sociedades y el destino de los sujetos.

La profesión docente (Claudia)

La situación del educador es hoy muy difícil; él ha sido formado en la idea de que la educación consiste en producir en el alumno desarrollo de conocimientos y comportamientos de acuerdo con las concepciones de una sociedad en la que vive. Así la organización social se haría posible en la medida en que sus miembros respetaran reglas. Y si se respetaban las personas en la enseñanza y el aprendizaje, o no, el acto de enseñar resultaba un éxito o un fracaso. Esto sucede cuando las sociedades son más o menos dinámicas pero estables, no en las sociedades de cambios. En el caso de aquéllas se enseña en esa convicción y se van realizando los ajustes necesarios a través de la labor, seguros de que el marco social es más o menos semejante al que él vivió y en el que se formó. Pero no ha sido preparado aún para otros tiempos diferentes, otras influencias, otros factores que hoy están cambiando al hombre y por ende a las sociedades.
Cambios políticos, económicos; cambios en lo científico, en lo tecnológico; y sus consecuencias en lo cultural, lo social, incluyendo la lengua, las costumbres y modos de vivir. En fin cambios en el mundo que hoy vivimos. Será preciso, desde ahora, que el educador vaya comprendiendo en forma paulatina, pero necesaria y urgentemente, que deberá dar respuestas a un alumno que se resistirá a las concepciones del mundo que la sociedad vivía y que hoy han cambiado. Por todo esto el maestro o profesor deberá ir haciéndose a la idea de enfrentar el encuentro con el alumno lo más humanamente; con mayor contacto personal, tratando de elaborar junto con él una especie de ingeniería de comportamientos que lo oriente para lograr enseñar y aprender en los tiempos de crisis que vivimos. El que enseña debe llegar a lograr el respeto del que aprende, por su saber, su capacidad, su comprensión y eficiencia; así podrá acallar la protesta, el desinterés, la apatía o aun la violencia que un alumno desorientado o problematizado trae al aula con una gran carga de desaliento que recoge en el medio social e incluso en los hogares. El docente deberá, con gran esfuerzo, estudiar y tratar de comprender y, en lo técnico, ensayar o crear métodos o situaciones de trabajo y estudio con sus alumnos, pensando siempre en darles algo constructivo para el futuro.
Hoy el profesor debe ser más que un dispensador de conocimientos; la información y los conocimientos nuevos abundan y llenan espacios enormes en la vida de los que aprenden; él mismo se convierte en un aprendiz. Pero, además, el educador tiene un rostro, un nombre, una madura historia personal que lo capacita para volcar sus productos en su enseñar y darla, entregarla en sabiduría. Por otra parte, cada alumno tiene un nombre y una historia propia, y está allí, en el aula, necesitando y buscando caminos que lo orienten, acaso con sentimientos encontrados, tristezas y dudas, y alimentando o deseando quizá lograr esperanzas u orientación personal frente al futuro. Acaso, también comunicar a otros su actitud de amistad, o su alegría de vivir. Nuestra civilización actual plantea el problema de jerarquizar el acto educativo, que ha trabajado principalmente hasta ahora con el mundo de lo real y, desde ahora, deberá hacerlo también con el virtual. Ambas situaciones requieren hoy sus propios principios, aunque semejantes o asociados, porque más allá de los métodos, técnicas, procedimientos, etc., está la necesidad de hacer frente a una sociedad que quiere y debe aprender bajo el efecto y la influencia de ambos estímulos. En general, se atribuye la inercia de los sistemas educativos a las técnicas de reproducción y conservación y no de innovación. Pero hoy, la demanda social está precisamente en los poderes de innovación. Ampliar el ámbito de acción tradicional de los educadores es absolutamente necesario, no sólo en el campo de la educación sin distancias, sino con el propósito de que sirva de base para el ensayo y creación de recursos y técnicas para la educación a distancia. Para ello, el educador deberá ser sensible y permeable y abrirse a todas las experiencias de innovación de las escuelas de distintos niveles, educadores, ensayos, haciendo un aprendizaje y actualización según la diversidad de circunstancias y factores que afectan al aprendiz de hoy. Abrirse a los descubrimientos de las humanidades y a los de las ciencias, conjugar sus productos en una creación que responda a sus inquietudes, tratando de retenerlo en el sistema y despertando su interés y participación, y, desgraciadamente, su desinterés y sus quejas que deben ser escuchadas y atendidas con el fin de establecer el diálogo.
Escuelas de todos los niveles y modalidades deberán convertirse, a través de una labor interesada del educador, y transformándose en incentivos de creatividad, de sinceridad y acercamiento; deberán ser escuelas que sirvan para la vida, que enseñen a vivir; que toquen la interioridad del sujeto, familiarizado ya con la ficción, con el saber y modalidades de una vida nueva. Las escuelas deberán enseñar a pensar, a inventar un camino a cada hombre o mujer y a transitar por él, cada uno, con coraje que les señale su propio lugar y destino, adonde encontrarán su razón de vivir, apreciar la vida, y en el que edificarán una familia, respetando el entorno en el orden y la ley; y una conciencia justa con él mismo y con los otros seres del mundo. Porque ese hombre o mujer es la esperanza del futuro. Humanismo y cientificismo deben ir juntos en el aula y debe introducirlos el educador con conocimiento y valor, en una actitud de renovado entusiasmo, con su aceptación y su saber. Y la escuela ha de convertirse en un lugar de innovación en lo que enseña y en el enfoque de un fenómeno de comunicación interactiva educador-alumno. El profesor deberá ser orientador y dador de sí; su personalidad, su humanidad ya vivida en beneficio de su lucidez y quizá de su sabiduría de vida. Tenderá a crear en el aula esta interacción de persona a persona y así podrá responder a las incertidumbres de sus alumnos en este momento tan difícil en el que ellos esperan una orientación en sus comportamientos para vivir. En cuanto a la formación personal y profesional, los futuros profesores deben atreverse a discutir y aceptar o no ideas nuevas. Que se dediquen a estudiar, sin temor a las nuevas teorías sobre el aprendizaje y la enseñanza; que conozcan los descubrimientos del campo de lo científico, de las humanidades, de lo técnico. Todo eso ha cambiado o está cambiando.
Profesores, lleguen al aula con la cabeza abierta, llena de ideas a plantear a los alumnos y dispuestos a dialogar con ellos sobre cada tema, respetando sus opiniones y aportando la suya, sin prejuicios ni autoritarismo; ellos los respetarán si los dejan expresarse con libertad.
Den ejemplo de prudencia, justicia y honestidad en los planteamientos; sean éstos, más o menos inteligentes, pero todos serán aportes y respuestas a su interés; los alumnos lo apreciarán. Lleven libros nuevos, pidan que ellos mismos busquen y los lean, y permitan también en la clase que lean las partes que han apreciado más y den testimonio y expresen lo que han considerado más interesante. En los casos de lecturas elegidas por los alumnos elogien la curiosidad de los chicos y será más armonioso el aprendizaje. La enseñanza necesita competencia y perfeccionamiento acordes con los nuevos saberes y descubrimientos de las ciencias y las humanidades; pero además, una técnica, un arte a adquirir. Es también indispensable en el desempeño del profesor y de gran importancia una disposición de afecto, de amor hacia el alumno. Si en la relación como el discípulo no hay amor, existe en el docente sólo una aspiración de carrera o de dinero y ganancias. En este caso, resultará para el docente el interés del beneficio económico, y para el alumno: aburrimiento, desánimo, desinterés y apatía. Por eso, en estos tiempos de enormes problemáticas, el docente podría ser el hacedor de una misión, de un camino hacia la preservación de lo humano en los hombres y mujeres del mundo. Todos nosotros y más los que nos estamos formando como profesores en este momento, esperamos mucho de la educación y pienso que debemos tener fe en ello. Creo que la labor se cumplirá con éxito. Vale la pena intentarlo con voluntad, coraje y cierto respeto por la función que se ha elegido ejercer en la vida: ser profesor. El mundo actual está necesitando, urgentemente, de buenos Profesores, así, con mayúsculas. Porque pide y confía en su esfuerzo, su devoción, su sabiduría, su conducción y su entrega a la valiosa y difícil tarea de educar.

Vocación y profesión docente (Marcela)

¿Es la docencia una profesión, una acción o efecto de profesar, una actividad laboral de una persona que tiene un gran conocimiento de algo, una técnica, que esta capacitada para ejercerla? ¿La docencia se puede reducir a profesión, como el trabajo de un técnico especializado, cuya función es cumplir y gestionar programas curriculares o es una vocación, una inclinación especial como modo de vida, una inspiración? ¿La docencia puede ser vista como vocación docente como un apostolado, una función moral superior? Éstas son algunas de las inquietudes que surgen con el simple cuestionamiento del tema, pero para poder abordarlas y tratar de comprenderlas se hace necesario observar a todos los que participan en el acto educativo. No sólo quién educa, sino a quién, como así también para qué y sus transformaciones en el devenir histórico. Pues según sea el período de la historia en que hagamos referencia, estas relaciones serán diferentes, pues responderán a fines diferentes, surgiendo de este entramado un determinado sujeto de aprendizaje, quien responderá al ideal de hombre a que se apunte, variando con éste, el cómo, el cuándo, qué se enseña y el papel que juega el educador en esta gran obra. Si nos remontamos al siglo V a.C. en Atenas los sofistas, grandes maestros que enseñan al público dispuesto a pagarles, estamos hablando de un docente sólo como profesión, pero si analizamos en el contexto donde surgieron, en pleno florecimiento cultural de Atenas, con su prosperidad económica, con el surgimiento de una nueva clase social: los artesanos, los comerciantes, los mercaderes, donde aumenta el poder de la asamblea popular y con ella la necesidad de formar tanto política como jurídicamente a esta nueva elite: ¿no estamos aquí frente a una toma de conciencia del hombre y su ubicación histórico espacial, de todo su cuestionamiento de lo dado como verdadero, de que esto podía variar, según desde donde se mirara?¿ Acaso no estaban cuestionando que no existe una sola verdad, sino otras verdades posibles? Son los sofistas los que permiten tener otra mirada de esa realidad, abriendo una discusión acerca de si la religión, la moral, son innatas o son producto de la tradición, son ellos los encargados de desnaturalizar las diferencias en las clases sociales, demostrando que la posición que ocupa cada clase es circunstancial y puede variar. Si su tarea está orientada en la búsqueda del conocimiento que permita al hombre triunfar sobre la naturaleza, su preocupación por sacar lo mejor de cada uno, podríamos ubicar a los sofistas no sólo como profesionales, sino como docentes de vocación, intelectuales brillantes, preocupados por transmitir el arte de mejorar la convivencia entre los ciudadanos, utilizando sus excelentes conocimientos de retórica, oratoria y gramática, para revalorizar la educación. Si realizamos un salto importante en la historia, y nos ubicamos en nuestro país a fines del siglo XIX, veremos la preocupación existente en el Estado por la falta de una identidad. Siendo ésta consecuencia de la diversidad de los bagajes culturales que traía la oleada civilizadora europea. Para transformar en Nación a tan vasto territorio, con tanta heterogeneidad de individuos, surge un estado con la necesidad de formar un ciudadano poseedor de una cohesión moral y cultural. La educación básica fue el medio para lograrlo, obligatoria, gratuita y laica. Así se garantizaba la sistematización y continuidad. Para tal fin era necesario, desde una administración fuerte, crear un aparato escolar, incluyendo en éste, la formación del docente, un cuerpo homogéneo que garantice la inculcación cultural necesaria, donde ser maestro era tomado como una misión para apóstoles más que una profesión, era un moralizador laico. El educador debía ser un modelo a ser imitado, donde él mismo se revaloriza y llega a la creencia de su propio valor sacramental. La tarea específica del docente era trasmitir ciertas normas, valores y principios, no formar hombres sabios. Era el encargado de la distribución social del conocimiento, pero sólo un mínimo de estos saberes debían llegar al pueblo para garantizar así la homogeneidad cultural. Los maestros, hijos de los inmigrantes, tenían en claro que la única manera de lograr el ascenso social era por medio de la educación, Así queda justificado que además de vocación, casi un sacerdocio, la decencia era una profesión. Poder cuestionarnos hoy, como lo hicieron los sofistas en el siglo de oro de Pericles, nos permite cambiar la creencia en la docencia como apostolado, en su neutralidad, en la transmisión de la verdad de la clase dominante como única posible y pensar en que no existe una sola verdad posible, sino tantas verdades como forma de concepción de mundo haya. Un mundo en el cual Gramsci nos da la posibilidad de pensar, a los profesores como intelectuales, al afirmar que todos los hombres son intelectuales, pero sólo algunos ejercen ese rol en la sociedad, donde los intelectuales orgánicos participan activamente en su rol educativo, organizativo de su clase para poder llevar a cabo su hegemonía. Gramsci que en ningún momento abandona su práctica como educador, nos muestra su convencimiento de la posibilidad de cambio que genera la educación. Si nos trasladamos hoy al espacio del aula, podemos ver a docentes no sólo preocupados en trasmitir conocimientos, sino también valores necesarios para la formación de sujetos críticos. Visualizamos un formador que no separa la práctica de la teoría, utilizando los diferentes ámbitos educativos en un lugar de participación activa entre docentes y alumnos, un espacio de reflexión. Cuando afirmamos esto, no podemos estar hablando de un educador que sólo ve su trabajo como profesión, lo cual es muy cierto, sino que va acompañado de una vocación docente, una inclinación especial como forma de vida, donde los actores se involucran, participan y construyen. Podemos concluir que un mal docente es aquel que posee una capacitación técnica insuficiente, pero que no pasaría automáticamente a ser bueno solo con la terminación de su capacitación, sino que un buen docente es quien posee la correcta formación profesional y ésta está acompañada por una continua preocupación y reflexión por sacar lo mejor de cada uno de sus alumnos.

domingo, agosto 22, 2010

El aniversario de la escuelita

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El aniversario de la escuelita
Juiciosa estaba sentada la Sarita, apretujando el programa entre los dedos. Lo doblaba y desdoblaba, cumpliendo un ritual nervioso. Tan ajado estaba ya el papel que casi no se leían las letras. Se sentó cerca de la puerta, por si se arrepentía y elegía irse temprano. Sabía que los otros Agosti la miraban de reojo y pensó que quizás no había sido tan buena idea el haber ido.
La invitación había llegado una mañana, junto con la factura de servicios eléctricos. La Sarita le preguntó sorprendida al cartero si no se trataba de un error. (¿Seguro que el sobre dice “Sara Agosti”? A ver… Sí, soy de Embajador Martini, igual que mis hermanas.) La preciosa tarjeta venía dentro de un sobre con filigranas de oro que abrazaban letras igual de doradas invitando al Centenario de la Escuela Número Treinta de Embajador Martini, La Pampa.
Cambió varias veces de idea: que iba, que no iba, que tal vez sí, que mejor no… Por las dudas, sacó el pasaje. Siempre hay tiempo para arrepentirse.
Le preguntó a su hermana Maru si quería acompañarla, pero no hubo forma de convencerla. La Maru era orgullosa: nunca había podido superar el dolor de haber tenido todo y haber perdido todo. A la Antonia, su hermana mayor, en cambio, ni siquiera le preguntó (pero prefiero no ventilar aquí sus razones).
Y llegó el día de la partida. Su corazón latía violento cuando subió al avión. Me dijo por teléfono que pensaba hospedarse en un hotel del pueblo, pero yo le ofrecí quedarse en mi casa. ¡Faltaba más! Además, le sugerí que fuéramos juntas a la fiesta. Siempre es mejor ir acompañado, para no mostrar el lado flaco.
Pensé que al final la Maru tenía razón que prefirió no ir. Pero mi amiga tenía que dar la nota: ella era la corajuda, la valiente. Y ahí estaba, temblando en un compás de ansiedad. La felicidad que en algún momento soñó que sentiría brillaba por su ausencia. A menos que llamara “felicidad” a ese inquietante estado mezcla de euforia y desazón que le oprimía el pecho.
De repente, arremetieron las guitarras, ligeramente desafinadas y tocando todas el mismo tono.
Había varios oradores programados. A su turno, se hicieron oír algunos docentes de antaño, entre ellos, la directora más antigua en vida, maestra de la escuelita durante cuarenta años; fue recibida con un enorme ramo de flores en nombre
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del alumnado y del plantel docente. En tanto, se aprestaba para pronunciar su discurso el mismísimo intendente, don Rodolfo Agosti, presentado por su sobrina nieta, la señorita Ángela Agosti, jovencísima maestra de quinto grado.
En la Escuela Número Treinta había otra señorita Agosti, de nombre Rosita, tía de Ángela y casi jubilándose. En total fueron seis los Agosti que pasaron por la escuela como docentes. Más difícil hubiera sido llevar la cuenta de cuántos habían pasado como alumnos. Nomás entre los presentes había cerca de una veintena.
Con motivo de la celebración, los alumnos de los últimos grados habían hecho imprimir una gaceta en donde se podía leer una vasta publicidad de comerciantes y profesionales de la zona que patrocinaban el evento escolar. Incluía una reseña histórica que los alumnos de séptimo del turno mañana habían realizado sobre la fundación del pueblo. Los apellidos de las familias patricias eran los mismos que inundaban la publicación de propagandas; entre ellos, por supuesto, los Agosti. Y entre éstos, el mismísimo jefe comunal.
- Ya se encuentra con nosotros nuestro distinguido Señor Intendente, perteneciente a una larga estirpe de nuestra sociedad. Su abuelo y su padre han sido prominentes fundadores de nuestro pueblo…
Entre estruendosos aplausos comenzó su alocución:
- Queridos embajadoreños: Estamos aquí reunidos para celebrar hoy con todo regocijo esta fiesta. Nuestros padres y abuelos han iniciado este camino que hoy nos toca transitar a nosotros. En este día, me llena de gozo el centésimo aniversario de nuestra escuela. Por ella han pasado sus alumnos más dilectos, entre ellos, quien les habla, primogénito de don Rodolfo Agosti y nieto de don Ettore Agosti. Mi abuelo había venido de Italia con mi abuela, doña Carolina, y sus tres hijos, a poblar estas pampas…
No quise ni mirarla a la Sarita en ese momento, porque imaginaba su cara y la pena me mordía el corazón: ella era bastante orgullosa cuando íbamos a la escuela. O quizás me parecía… Y bueno: era la mejor alumna, puros “sobresalientes”. Además, iba a la escuela en zapatos, igual que sus hermanas, que estrenaban cada veinticinco de mayo, y usaban ropa comprada de los figurines. Mi hermano y yo, en cambio, íbamos a la escuela en alpargatas y mi mamá nos hacía casi toda la ropa que usábamos, a excepción del traje dominguero que nos dejaban poner solamente para ir a misa. Yo la quería tanto justo por eso, porque ella se juntaba conmigo sin hacer diferencias.
La Sarita era los ojos de su padre. Si casi la estoy viendo, acomodadita en su
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regazo, mientras él leía el diario El zonda (pasquín anarquista o fascista, nunca supimos con certeza). En cambio, la favorita de su madre, la Eusebia (bella wichí de pelo renegrido), era la Antonia, rubia de ojos claros como don Ettore. Cuando el gringo murió, aparecieron los primeros hijos, que había tenido con doña Carolina en Italia. Las hijas de la Eusebia no lo pudieron resistir. Por eso digo que lo tenían todo y lo perdieron todo. Antonia, la mayor, que rendía sus exámenes de piano en Buenos Aires, dejó el conservatorio de música. La Sarita, que justo estaba terminando la primaria, y la Maru, que le llevaba dos años, se fueron a trabajar a Buenos Aires como costureras seis horas diarias y cobrando medio salario por ser menores de edad.
En fin, todo se supo el día en que se leyó el testamento. Rodolfo, el hijo mayor, tenía la edad de la Eusebia. Doña Carolina y su prole cayeron como peludo de regalo a ver qué les tocaba en el reparto. Y les tocó casi todo. Cómo olvidar la cara de la Eusebia… sus ojos se achinaron más que nunca. La gente del pueblo cambió su trato hacia sus hijas: de una casi idolatría a un franco desprecio. Hasta la diferencia de edad entre la Eusebia y don Ettore sacaron a relucir, cosa curiosa porque era algo nadie parecía haber notado antes.
Los aplausos y vitoreos la volvieron a la realidad justo cuando casi comenzaba el último número previsto: la entrega de medallas al mejor promedio del último grado de primaria de cada año. Desfilaron por el escenario, conformando una curiosa variedad de edades. El primero en subir fue el más joven del grupo, el Juancito D’arimatea, mejor promedio del año pasado. Luego fue el turno de Ariana Rosales, la mejor del anteaño. Y así sucesivamente fueron pasando los demás hasta que le llegó el turno a la Sarita. Cómo resultaría semejante sorpresa. Cuál sería la reacción de los otros Agosti, los legítimos Agosti. El Señor Intendente fingió un llamado telefónico y salió al patio con su celular pegado a la oreja. La joven señorita Agosti no resistió la tentación y aplaudió con todas sus fuerzas (desde que se puso de novia estaba muy sentimental), en tanto que la otra señorita Agosti abrazó a la Sarita con la calidez de una auténtica sobrina (que por otra parte era). Pero quien no pudo contener las lágrimas al recibir la medalla fue a la Sarita, tallando ese instante que se convertiría en un recuerdo imborrable.

Caminó toda la noche

Caminó toda la noche
El gurí se había dormido en el umbral del edificio, pegadito a la puerta principal. Una mujer quiso despertarlo para poder pasar, pero le resultó imposible. Estaba tan cansado… parecía haber caminado toda la noche.
El Cruz era un gurí alto y esbelto, de bellos ojos pardos y piel de barro esmaltado. Representaba algo más que sus once años. En su pueblito habían quedado su madre y varios hermanos, y sabía con certeza que no volvería a verlos jamás.
Un hombre le había prometido un trabajo, que Cruz en verdad necesitaba para ayudar a su madre a alimentar a sus hermanitos. El tipo era un gringo rubio de unos 35 años, que intentaba esconder su incipiente calvicie dejándose el escaso cabello hasta la cintura, logrando el efecto contrario al que probablemente deseaba, pues parecía definitivamente más viejo.
Una tarde calurosa, el gringo y el Cruz se internaron en el monte hasta llegar a un galpón que parecía abandonado. Ahí recién se le cruzó al gurí la duda por primera vez: ¿Cuál era la necesidad de ir tan lejos? Además, ya estaba casi oscureciendo y el monte nocturno no es lo que digamos un lugar apacible. Escuchó el canto de la lechuza y eso lo calmó: no podía ser un mal presagio.
Las intenciones del gringo quedaron expuestas justo al trasponer la puerta del galpón, pero era un hombre fuerte, de brazos enormes que agarraron al Cruz.
Cuanto más se apuraba en pensar qué hacer menos le salía. Respiró profundo y se abandonó a su memoria. Ahí se le apareció el recuerdo del machete. Era un machete enorme: ¿Podrían sus bracitos flacos sostenerlo? No había otra alternativa y eso decidió al gurí, que buscó a tientas en la oscuridad del galpón mientras el hombre lo sostenía con un brazo mientras con el otro lo tironeaba de la ropa.
El primer machetazo le costó, pero logró zafar al tiempo que el hombre caía pesado al suelo. No alcanzó a levantarse, que el segundo machetazo lo dejó tieso. ¿Estaría muerto? Había que asegurarse: ¿Quién le creería? Tenía que terminar todo ahí.

lunes, febrero 01, 2010

jueves, enero 14, 2010

jueves, octubre 08, 2009

La historia de Ana

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domingo, octubre 04, 2009

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