La vocación se define como la inclinación que tiene una persona hacia alguna profesión o estudio que exige condiciones y aptitudes especiales, incluso se afirma que determina los rasgos que dicha persona posee. La vocación de una persona se refleja completamente en su personalidad, viene desde adentro: de sus sentimientos, de sus emociones, de sus deseos y de sus sueños. Una instancia vital para enfrentar grandes desafíos en educación es la vocación docente, la cual influye en gran medida en el constante desarrollo personal, cuyo objetivo es entregar una mejor calidad de enseñanza a quienes son los actores principales de la educación: los alumnos. La vocación, por tanto, se transforma en el pilar fundamental para motivar a quienes elegimos formar personas. Teniendo vocación, los desafíos educacionales se enfrentan de mejor manera, son beneficiados los alumnos cuando esta vocación se vive intensamente, pero, además, el docente se siente satisfecho y autorrealizado. Pensar en la vocación como Freire la pensaba Pensar en la vocación como Freire la pensaba es pensar en la utopía transformadora del mundo desde una educación liberadora y critica. Los docentes comprometidos con dicha educación, deben mantener viva la chispa concientizadora de sus ideas, porque bajo esta idea se considera a la educación como un acto de amor y de coraje. Una pedagogía de la resistencia, que devele la dominación y que colabore con la conciencia ingenua a la conciencia crítica y autónoma, que se convierta, como quería Freire, en una práctica de la libertad. Esta pedagogía identifica los factores de alienación y deshumanización que hay en el contexto socioeconómico y político y la voluntad de compromiso con el cambio de esas condiciones. Reconocen la politicidad de la educación y su carácter de fenómeno social. La pedagogía de Freire es una de las pedagogías que busca su coherencia en el intento de constituirse “desde” y “con” los oprimidos, antes que “para” ellos. Su pensamiento parte de un supuesto básico: La educación como práctica de la libertad. Esta educación esta sustentada por la concepción dialéctica en que educador y educando aprenden juntos en una relación dinámica en la cual la práctica, orientada por la teoría, reorienta esta teoría, en un proceso de constante perfeccionamiento. En este sentido, se propone una educación dialogal y problematizadora como instrumento para la concientización (la elevación de la conciencia ingenua a la conciencia crítica). Lo importante desde el punto de vista de la educación liberadora, no bancaria, es que los hombres se sienten sujetos de su pensar, discutiendo la visión del mundo, problematizando y transformando a través de la praxis su realidad. Los educandos, se transforman en investigadores críticos que están en diálogo con el educador quien también lo es. En la educación bancaria, en cambio, el saber es una donación de aquellos que se juzgan sabios a los que juzgan ignorantes. El educador asume la postura de que él es siempre el que sabe en tanto los educandos son siempre los que no saben. Los educandos reciben los depósitos de conocimiento, que luego, memorizaran, guardaran y archivaran. Aquí se adaptan al mundo de la opresión en lugar de querer transformarlo. En la medida en que esta visión bancaria anule el poder creador de los educandos o lo minimiza, estimulando así su ingenuidad y no su criticidad, satisface los intereses de los opresores. Freire piensa que si bien es necesaria la educación que desarrolle la conciencia crítica ella por sí misma no provoca el cambio social. Aunque, poder conjeturar un mundo diferente, es al menos un primer paso. Alcanzar la comprensión más crítica de la situación de opresión no libera a los oprimidos. Sin embargo, al hacerlo visible se da un paso para superarla, siempre que se empeñen en la lucha por la transformación de las condiciones concretas en que se da la opresión. La educación, como práctica reveladora, no genera por sí sola la transformación del mundo, sin embargo, es necesaria para ella. Y es aquí donde aparece una de las tareas fundamentales de la educación democrática: posibilitar el desarrollo del lenguaje que perfile hacia la transformación del mundo nuevo.
Enseñar y aprender. El educador y educando se encuentran en el camino del conocimiento en una interacción enriquecedora para ambos. Tanto el docente como el alumno, ponen en juego el pensamiento crítico y reflexivo en relación con el objeto de conocimiento. Aquí se promueven propuestas dialógicas, que consisten en la circulación de roles entre educador y educando, basada en la reflexión critica y en la mirada de la realidad
concreta. El educando deberá asumirse como tal, pero asumirse como educando significa reconocerse como sujeto que es capaz de conocer y que quiere conocer en relación con otro sujeto igualmente capaz de conocer, el educador. Enseñar y aprender son así momentos de un proceso: el de conocer.
El educando se torna realmente educando en la medida en que conoce o va conociendo los contenidos, los objetos cognoscibles, y no en la medida en que el educador va depositando en él la descripción de los objetos o de los contenidos. El enseñar y el aprender se van dando de manera tal que por un lado, quien enseña aprende porque reconoce un conocimiento antes aprendido y por el otro lado, porque observando la manera en como el alumno trabaja para aprehender lo que se le está enseñando, el educador se ayuda a descubrir dudas, aciertos o errores. El aprendizaje del educador al educar se visualiza en la medida en qu el educador esta repensando lo pensado. El educador aprende primero a enseñar, pero también aprende a enseñar al enseñar algo que es reaprendido por estar siendo enseñado.
Freire describe variadas virtudes o cualidades que son fundamentales y necesarias para la práctica de un docente, cualidades que son de gran importancia para formar el perfil de un educador y de las cuales un alumno se debe apropiar y vivenciar para ejercer un buen desempeño profesional.
Cada una de estas cualidades destaca el rol que debe cumplir el educador para apoyar al alumno para que éste desarrolle estas cualidades o virtudes, pero también resaltando el hecho que en primer lugar las debe descubrir y vivenciar el propio educador para que su entrega hacia el futuro educador sea absolutamente coherente. Una primera cualidad es la humildad. Esta es una virtud muy importante ya que nos puede alejar o acercar a las personas, es muy frecuente sentir que lo sabemos todo y que somos dueños de la verdad. El educador debe ser humilde con su alumno para escucharlo y admitirlo como un par, como un profesional que solo tiene menos experiencia que él. El educador debe acompañar al estudiante para que durante su proceso de inserción logre cultivar la humildad y adquiera así la seguridad que necesita para lograr su identidad profesional. El educador debe orientar al alumno en su proceso de reflexión para que descubra y comprenda que bajo el autoritarismo impide el acercamiento y la interacción con sus alumnos y, además, dificulta la comunicación.
Otra característica importante que todo docente debe tener en cuenta es la
amorosidad. El educador debe sentir amor por enseñar, debe sentir y vivenciar la vocación, quizás sea ésta entre todas las cualidades la más importante, ya que cuando se ejerce por vocación el amor fluye naturalmente, la afectividad marca la relación y la comunicación entre el educador y sus alumnos y dependiendo de cómo sea ésta se construirán relaciones comunicativas más flexibles e interactivas. El educador debe acompañar al alumno en este duro proceso, puesto que cuando el alumno ejerce su rol de docente por primera vez sin duda siente muchos temores e inseguridades y será labor del educador ayudarlo para que los supere, pero con tolerancia sin la gran pretensión que es un proceso rápido, sino que en este paso la tolerancia adquirirá una gran relevancia al convivir con las cosas diferentes ; no hay que olvidar que el alumno trae una gran cantidad de información producto de su formación y que al interactuar en el contexto educativo en el cual se inserta se encuentra con una realidad totalmente diferente y es en este punto donde juega un papel importante la tolerancia y la capacidad para tomar decisiones para solucionar los problemas que se le presentan con seguridad y justicia. Otra cualidad importante que debe desarrollar todo educador es el equilibrio entre la paciencia y la impaciencia, eso no se refiere nada más que a vivir en armonía y equilibrio, actuando y viviendo “impacientemente paciente” con una actitud alegre y positiva hacia los educandos y hacia el contexto educativo de su comunidad de aprendizaje. El futuro educador por ser principiante en este sistema educativo tiene como característica propia el ser impaciente, por lo tanto esta será una gran tarea para el educador, pues deberá desarrollar un trabajo muy minucioso con su alumno para que éste pueda avanzar en su proceso de inducción al sistema con paciencia.
Para concluir este reflexión sobre las principales cualidades o virtudes, podría decirse que a pesar de que el educador se desempeñe en contextos educativos difíciles, donde su labor no es reconocida, ni sus cualidades son valoradas, éste nunca debe olvidar que en su opción de vida eligió ser educador y que para ello debe desarrollar ciertas virtudes que le permitirán llevar a cabo sus tareas y, por tanto, construir su propia identidad profesional. Debe re-encantarse todos los días con su vocación y por sobre todo enseñar con tolerancia, con equilibrio entre la paciencia y la impaciencia, venciendo sus temores con una actitud humilde y a la vez ser capaz de tomar decisiones con seguridad. El educador de hoy, quizás enfrenta muchas más dificultades que el educador de ayer, ya que éste está inmerso en un sistema educativo con muchas exigencias y desigualdades que por ende crea sentimientos de descontento y desencantamiento en los
futuros docentes. Es en esa realidad a donde llegan los futuros docentes, por lo tanto el educador debe ser muy afectivo y amable para orientar a su alumno, para que de esta forma éste se encante con su vocación y para que descubra el amor por enseñar y que además ésta entrega sea venciendo sus temores, siendo valiente en su actuar, ya que para superar los miedos y nudos críticos se necesita de mucho valor. Sabemos que la educación no es la única transformadora del mundo, aunque bien sabemos que los cambios del mundo son un quehacer educativo en si mismo. Toda acción educadora persigue algún fin. Pero esto no significa que el educador imponga su propia opción, lo cual implicaría una actitud autoritaria, sino que educadores y educandos tienen derecho a tener su propia visión del mundo.
La acción educativa pretende la formación docente permanente (su actualización) y la reflexión sobre la práctica cotidiana. El proceso de enseñar, que implica a la vez el proceso de educar y, también, de aprender, contiene la búsqueda de conocer. Es por ello, que una de las razones de quien quiere hacerse educador, es la disposición a la pelea por la defensa de sus derechos. Algo tan importante como esto es pensar la práctica como la mejor manera de perfeccionar la práctica misma. El educador aprende al enseñar, si es humilde y está dispuesto a repensar lo pensado y revisar sus posiciones, a aprender de sus alumnos, esto no implica que se no se capacite responsablemente.
Si bien el que enseña es el educador, esto no significa que pueda enseñar lo que no sabe, su responsabilidad es prepararse. Debe estudiar quien se prepara para la tarea docente y quien ya lo es rehacer su saber para enseñar mejor. La idea es poder hacer una lectura crítica de nuestro propio quehacer. Muchas veces, suele suceder que durante nuestra preparación ante determinados obstáculos que se nos presentan retrocedemos. Este es uno de los errores que podemos cometer mientras nos preparamos para ser docentes. La vocación como parte de las vivencias de un sujeto no permanece inalterable en el tiempo. Se reconstituye en la experiencia, en el reconocimiento que los estudiantes brindan al docente y en el proceso reflexivo que realiza el docente al analizar su labor y las consecuencias de su accionar.
sábado, febrero 19, 2011
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