Los profesores tenemos una enorme responsabilidad, la de formar las mentes y las personalidades de las jóvenes generaciones, de lo que van a ser esas personas en su vida, y, por tanto, también de lo que va a ser este país. Y mi sensación es que esta gran tarea, en que la sociedad se juega buena parte de su futuro, no está debidamente reconocida ni recompensada. Ser profesor es casi heroico. No sólo por el bajo salario y la alta dedicación que esto exige, sino también, y quizá principalmente, por la falta de estima social. El motivo es muy simple: al proceso económico nosotros no podemos aportar capital financiero. Lo único que podemos aportar es mano de obra, capital humano. Por eso nuestra gran aspiración tiene que ser mano de obra calificada, que se halle perfectamente formada. En este país, el mayor capital es el humano. Y eso está en manos de los docentes.
Me dedico a esto porque creo en esto, porque pienso que esta es la manera que yo creo eficaz de trabajar por un mundo mejor. He creído y sigo creyendo que los seres humanos y los países se construyen y se destruyen en las aulas. Y por tal motivo los profesores tenemos una enorme responsabilidad. Quiero entonces, hacer referencia a un tema que cada vez considero más importante. Se trata de un vocablo casi en desuso, el de vocación. La vocación no es un propósito, ni un proyecto. Es algo previo a todo eso. Es algo que se nos impone desde dentro de nosotros mismos con fuerza irresistible, de modo que si no lo seguimos frustramos nuestra vida.
Ortega distingue entre lo que uno “es”, lo que “debe ser”, y lo que “tiene que ser”. La vocación es esto último. También quiero introducir otro término, el de misión. Teniendo en cuenta que es todo aquello que un hombre tiene que hacer en su vida. Por lo visto, la misión es algo exclusivo del hombre. Sin hombre no hay misión. Esto implica que en cada instante de su vida el hombre se encuentra ante diversas posibilidades de hacer, de ser, y que es él mismo quien bajo su exclusiva responsabilidad tiene que decidirse por una de ellas. Y para decidirse a hacer esto y no aquello tiene, quiera o no, que justificar ante sus propios ojos la elección, es decir, tiene que descubrir cuál de sus acciones posibles en aquel instante es la que más da realidad a su vida, la que posee más sentido, la más suya. Si no elige ésa, sabe que se ha engañado a sí mismo, falsificando su propia realidad. Esa llamada, voz o grito imperativo que sentimos hacia un tipo de vida y que surge de nuestro más radical fondo, es la vocación. En nosotros está querer realizarlo o no, ser fieles o ser infieles a nuestra vocación. Pero ésta, es decir, lo que verdaderamente tenemos que hacer, no está en nosotros. Nos viene indefectiblemente propuesto. Por esto mismo toda vida humana tiene misión. Conciencia que cada hombre tiene de su más auténtico ser que está llamado a realizar. La idea de misión, es, entonces, un ingrediente constitutivo de la condición humana. Por tanto, sin hombre no hay misión y sin misión no hay hombre.
Un ejemplo de esto lo constituye El Quijote. Alonso Quijano tuvo un ser y un debe ser. Era un hidalgo manchego, y, según cuentan las crónicas, una buena persona, éticamente intachable. Sus paisanos lo llamaban “Alonso Quijano el bueno”. Sin embargo, al rondar los cincuenta años, siente la imperiosa necesidad de salir por el Campo de Montiel a reformar el mundo. Quiere transformar la edad de hierro que vive, en una nueva edad de oro. En términos de Ortega, no es que quiera hacerlo, es que tiene que hacerlo. Por eso hizo locuras. Todo el que sigue un ideal hace locuras. Pero hacer locuras es cualquier cosa menos estar loco. Para hacer locuras hay que estar muy cuerdo. Y Don Quijote se nos convierte así en el paradigma del hombre con “vocación”, del ser humano que se cree con una “misión” que cumplir. No hay ninguna duda que para ser profesor se requiere hoy una alta dosis de vocación. Todo maestro o profesor tiene algo de Quijote. Pero solo algo, al menos hoy. Y es que el maestro tradicional ha utilizado muchas veces para imponer sus propias reglas e ideas la fuerza, algunas veces físicas, como Don Quijote, y otras psicológica social. La enseñanza ha sido durante la mayor parte de nuestra historia “adoctrinamiento” o “indoctrinación”. Los dos términos proceden del sustantivo abstracto latino doctrina, derivado del verbo doceo, que suele traducirse por enseñar. Doceo, a su vez, traduce el griego dokéo, creer, parecer, de dónde procede el sustantivo doxa, opinión, creencia.
Por supuesto no se trataba de discutir, ni de razonar; se trataba de indoctrinar o adoctrinar, de hacer que las nuevas generaciones conocieran los lugares comunes, la doctrina.
Las cosas han cambiado mucho en estos últimos tiempos. La antítesis de este modelo dogmático e impositivo lo constituye el modelo liberal moderno, en el que la libertad ha pasado a ser el valor máximo, que además actúa como protector de todos los demás. De esta forma el docente se ve incapaz de “educar”, es decir de conducir al joven. Nuestra cultura ha aceptado como principio que lo único que interesa en el proceso formativo son los “hechos”, que los “valores” son subjetivos y dependen de cada uno, y que sobre ellos no cabe discusión posible. Educar en libertad y para la libertad es una tarea comprometedora, difícil, exigente y complicada. Los grandes pedagogos han señalado que éste debe ser un objetivo principal de la educación. Pero la práctica educativa está lejos de alcanzarlo. ¿Por qué? Porque tenemos miedo a la libertad; porque vivir en libertad supone asumir la autenticidad como valor humano fundamental; supone también aceptar la autodeterminación, la disensión, la diversidad, la pluralidad, la independencia... y ello no resulta siempre “agradable”. La docencia es una gran misión, un destino que merece la pena. Esto sí es una vocación que tira de nosotros, que se nos impone de modo imperativo. Esto ilusiona, enamora, y provoca en nosotros lo que se ha llamado el “eros pedagógico”.
El famoso “eros pedagógico” es la otra cara de la vocación. Solo quien hace las cosas con verdadera y profunda vocación tendrá profundo amor a eso que hace. La docencia no puede hacerse sin amor, sin dar amor y sin recibir amor. El Profesor debe sentir amor por enseñar, sentir y vivenciar la vocación y quizás sea ésta entre todas las cualidades la más importante, ya que cuando se ejerce por vocación el amor fluye naturalmente , la afectividad marca la relación y la comunicación entre el profesor y sus alumnos y dependiendo de cómo sea ésta se construirán relaciones comunicativas de calidad. El profesor de hoy, quizás enfrenta muchas más dificultades que el profesor de ayer, pues está inmerso en un sistema educativo con muchas exigencias y desigualdades que por ende crea sentimientos de descontento y desencantamiento en los docentes, por lo tanto el docente debe ser muy afectivo y acogedor para orientar a su alumno.
Conclusión. Con todo lo anteriormente expuesto, reafirmo que el docente, maestro o profesor, es la persona que forma, ayudando a sacar del interior de cada uno lo mejor que lleva dentro. Esto solo se puede hacer razonando, dialogando y deliberando, como hizo Sócrates, lo que requiere que el docente haga “carne de su carne” lo que quiere enseñar.
Agregando que esto solo sucede cuando sentimos la vocación, la cual es acompañada de amor absoluto, dando y recibiendo amor. Educando así en Libertad.
sábado, febrero 19, 2011
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